La preparación es sencilla, pero conviene hacerla bien. Se toma una papa fresca, bien lavada, sin partes verdes ni brotes. Se pela, se ralla finamente o se licúa con medio vaso de agua limpia. Después se cuela y se obtiene únicamente el líquido. Ese jugo debe tomarse recién preparado. No se guarda para después, no se deja reposando durante horas y al principio se consume solo, sin mezclarlo con azúcar ni con otros ingredientes. Lo más común es tomar un vasito pequeño en ayunas durante siete a diez días. Cuando el ardor es más intenso, algunas personas también acostumbran tomar otro antes de acostarse y después descansar unos días antes de volver a repetir el proceso.
Este apoyo suele llamar la atención de quienes viven con acidez constante, reflujo, digestiones pesadas, estreñimiento o esa sensación de que el estómago nunca termina de estar tranquilo. Sin embargo, quienes tienen diabetes sin control, presión baja, problemas renales delicados, mujeres embarazadas o personas que ya utilizan varios medicamentos digestivos deben consultar antes con su profesional de salud.
Y algo debe quedar claro. El jugo de papa no viene a sustituir tratamientos médicos ni a reemplazar una valoración cuando existe un problema serio. Si aparecen vómitos persistentes, sangre, pérdida de peso sin explicación o un dolor que cada vez es más fuerte, eso necesita atención médica. Pero cuando lo que existe es un estómago cansado de tanto ardor, de tanta acidez y de tanta irritación, la papa cruda sigue siendo uno de esos remedios sencillos que muchas personas mantienen cerca porque sienten que les ayuda a apagar un incendio que lleva demasiado tiempo encendido.