Después de dejar a mi hijo en el aeropuerto, la empleada doméstica nos envió un mensaje: «No vuelvan a casa. Revisen las cámaras».
Después de dejar a su hijo en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, don Ernesto Salvatierra recibió un mensaje de Consuelo, la mujer que había trabajado en su casa durante 10 años.
Eran solo 3 palabras.
No regrese, patrón.
Don Ernesto leyó el mensaje dentro de su Mercedes negro, mientras avanzaba por Viaducto bajo un cielo gris de lluvia. Pensó que Consuelo se había equivocado, que tal vez hablaba de una fuga de gas, de un cristal roto o de algún ladrón en la zona de Las Lomas. Pero antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.
Revise las cámaras.
El corazón le dio un golpe seco en el pecho.
Don Ernesto tenía 69 años, una fortuna construida durante 40 años en bienes raíces, hoteles y fondos de inversión, y una casa que parecía museo: mármol blanco, biblioteca de nogal, pinturas oaxaqueñas y una cava privada que solo abría en fechas especiales. Había criado solo a su hijo, Diego, desde que su esposa Elena murió de cáncer cuando el niño tenía 8 años. Por Diego había pagado deudas, divorcios, negocios fallidos, autos deportivos, viajes, abogados y silencios.
Esa mañana lo había abrazado en el aeropuerto con lágrimas en los ojos. Diego y su esposa, Fernanda, supuestamente viajarían a Los Cabos para celebrar la luna de miel que nunca tuvieron. Don Ernesto les había entregado un sobre con 1 millón de pesos en efectivo.
—Disfruten, hijo —le había dicho—. La vida es corta. Sean felices.
Diego lo abrazó fuerte.
—Te quiero, papá.
Fernanda le besó la mejilla con una sonrisa perfecta.
—Cuídese mucho, suegro. No olvide tomarse su té por la noche.
Ahora, estacionado en una lateral, con las intermitentes encendidas y la lluvia golpeando el parabrisas, don Ernesto abrió la aplicación de seguridad de su casa. Sus dedos temblaban. Buscó la cámara oculta de su despacho, una que él mismo había mandado instalar detrás de una talla de madera de Michoacán.
La imagen apareció.
Y el mundo se le partió en 2.
Diego y Fernanda no estaban en un avión. Estaban en su despacho.
Fernanda llevaba una bata de seda que había pertenecido a Elena. Tenía en la mano una botella de vino español que don Ernesto guardaba para su cumpleaños número 70. Pero no lo estaba bebiendo. Lo estaba vaciando sobre el tapete persa, riéndose mientras la mancha roja se abría como una herida.
Diego estaba sentado en la silla de piel de su padre, con los pies sobre el escritorio de caoba. Giraba un globo terráqueo antiguo con la punta del zapato.
—¿Estás segura de que el viejo ya se fue? —preguntó.
Fernanda soltó una risa fría.
—Claro. Cree que estamos volando a Los Cabos. Para cuando vuelva, ya tendremos abierta la caja fuerte.
Don Ernesto subió el volumen.
Fernanda levantó una copa hacia la biblioteca, sin saber que miraba directo a la cámara.
—Por el té de hierbas —dijo—. Hoy le puse doble dosis. El doctor Valdivia dijo que con su corazón débil parecerá un infarto normal.
Diego sonrió.
—¿Cuánto falta?
—3 días. Tal vez menos. 3 días más de té y 400 millones de pesos serán nuestros.
Don Ernesto dejó de respirar.
No gritó. No lloró. No golpeó el volante.
Solo se quedó mirando a su hijo, al niño al que le había enseñado a andar en bicicleta en Chapultepec, al adolescente que había defendido de maestros y policías, al hombre adulto que había rescatado una y otra vez de su propia irresponsabilidad.
Su hijo no solo quería robarle.
Su hijo lo estaba matando.
En la pantalla, Diego besó a Fernanda y dijo:
—Eres una genia. En cuanto lo enterremos, vendo la casa y me compro el Ferrari.
Don Ernesto apagó el teléfono.
Durante un minuto, el ruido de la ciudad desapareció. No hubo cláxones, ni lluvia, ni motores. Solo el eco de una verdad insoportable.
Luego respiró hondo.
El padre que había perdonado todo murió ahí, junto a la avenida mojada. El hombre que quedó era el Ernesto Salvatierra que había levantado un imperio venciendo a empresarios mucho más crueles que Diego.
Arrancó el auto, pero no volvió a casa.
Fue primero a una clínica pequeña en la colonia Narvarte, donde nadie lo conocía. Pagó en efectivo y pidió análisis toxicológicos urgentes. El médico lo miró con extrañeza: un hombre elegante, pálido, con traje caro y manos temblorosas, sentado entre obreros, niños con fiebre y señoras con tos.
Mientras esperaba, compró un celular desechable y le escribió a Consuelo.
Estoy vivo. Actúe normal. No deje que sepan que me avisó.
Consuelo respondió casi de inmediato.
Gracias a Dios. Yo guardé la taza de té de esta mañana.
Don Ernesto cerró los ojos. Aquella mujer, que había visto crecer a Diego, que había cuidado a Elena en sus últimos meses, acababa de arriesgar la vida por él.
El médico lo llamó 2 horas después. Traía el rostro serio.
—Señor Salvatierra, tiene niveles altos de arsénico en la sangre. También encontramos rastros de un medicamento para el corazón que usted no debería estar tomando. Esta combinación puede provocar una arritmia fatal.
Don Ernesto sintió un frío que no venía de la lluvia.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Si sigue ingiriéndolo, días. Quizá horas.
—Entonces no voy a seguir ingiriéndolo.
El médico quiso llamar a la policía, pero Ernesto lo detuvo.
—Todavía no.
—Señor, esto es intento de homicidio.
—Lo sé. Por eso no voy a darles una salida fácil.
Esa noche, don Ernesto no regresó a Las Lomas por la puerta principal. Recordó un viejo túnel de seguridad que el dueño anterior de la mansión había construido durante los años 80, cuando todos los millonarios paranoicos temían secuestros y revoluciones. La entrada estaba escondida detrás de una fuente seca en el jardín.
Bajo la lluvia, con el cuerpo débil y el corazón golpeándole las costillas, abrió la compuerta oxidada y caminó por el túnel húmedo hasta el cuarto de pánico que quedaba detrás de su biblioteca.
Desde ahí podía ver el despacho a través de un vidrio oculto.
Diego estaba practicando su firma.
Una y otra vez escribía: Ernesto Salvatierra.
Fernanda, sentada sobre el escritorio, revisaba carpetas legales.
—La firma tiene que salir bien —murmuró Diego—. Si el banco sospecha, se acabó.
—No van a sospechar —respondió ella—. El doctor Valdivia ya dejó constancia de sus temblores y su confusión. Todos creerán que tú, como hijo preocupado, tomaste control porque tu padre estaba perdiendo la memoria.