Don Ernesto sintió una náusea amarga. El diagnóstico de “deterioro cognitivo” que el doctor Valdivia le había dado meses atrás no era un error. Era parte del plan.
Fernanda rompió unas hojas de una carpeta azul y las lanzó a la chimenea.
Ernesto reconoció el documento.
Era el fideicomiso que dejaba una parte importante de su fortuna al hospital infantil donde Elena había sido voluntaria.
—Ni un peso para niños enfermos —dijo Fernanda—. Todo será nuestro.
Entonces don Ernesto entendió que su dolor ya no era solo personal. Aquellos 2 estaban dispuestos a quemar cualquier cosa que no pudieran comprar.
Grabó todo. La firma falsa. Las confesiones. Las hojas ardiendo. La mención del veneno. La participación del doctor.
Luego salió por el túnel y condujo hasta un hotel discreto en Polanco. Allí llamó a Leonardo Castañeda, su abogado de confianza, un viejo litigante al que sus enemigos llamaban “el cocodrilo” porque nunca soltaba una presa.
Leonardo llegó a medianoche, empapado, furioso y con una laptop bajo el brazo.
—Espero que esto sea importante, Ernesto.
Don Ernesto le mostró los análisis. Luego el video.
El abogado palideció.
—Llamamos a la fiscalía ahora mismo.
—No.
—Están intentando matarte.
—Precisamente. Si los arrestan hoy, dirán que estoy senil, que inventé todo, que Consuelo me manipuló. Diego contratará abogados con mi propio dinero. Quiero que crucen una línea que ningún juez pueda ignorar.
Leonardo lo observó en silencio.
—¿Qué quieres hacer?
Don Ernesto miró la lluvia detrás de los ventanales.
—Quiero que crean que ganaron.
Durante las siguientes horas, construyeron una trampa legal y financiera. Movieron los activos reales de Ernesto a un fideicomiso irrevocable para crear el Pabellón Elena Salvatierra en un hospital infantil de la Ciudad de México. Cambiaron beneficiarios, blindaron propiedades, congelaron discretamente cuentas verdaderas sin que desde fuera pareciera que nada había cambiado.
Pero dejaron una carnada.
Una supuesta cuenta en las Islas Caimán con 80 millones de dólares, ligada a una investigación federal antigua, supervisada por autoridades financieras. Si Diego y Fernanda intentaban mover ese dinero, no solo cometerían robo familiar. Entrarían en territorio de fraude internacional y lavado de dinero.
—Esto puede destruirlos —advirtió Leonardo.
Don Ernesto miró una foto de Diego cuando era niño, sentado en sus hombros durante un desfile del Día de Muertos.
—Ellos ya me destruyeron a mí. Yo solo voy a impedir que destruyan a otros.
Al amanecer, Ernesto preparó el anzuelo. Escribió un correo falso en borradores, dirigido a un supuesto banquero suizo.
Necesito mover los 80 millones de la cuenta Caimán antes de que mi salud empeore. No quiero que mi hijo tenga acceso a ese capital. No está listo.
No envió el correo. Solo lo dejó guardado.
Sabía que el iPad de su biblioteca sincronizaría el borrador. También sabía que Fernanda revisaba sus correos a escondidas.
A las 9:42, desde la pantalla del hotel, vio a Fernanda entrar en la biblioteca usando la bata de Elena. Tomó el iPad. Revisó el correo. Estuvo a punto de dejarlo, pero entonces abrió la carpeta de borradores.
Su cuerpo se paralizó.
Leyó una vez. Luego otra.
Salió corriendo.
—¡Diego! —gritó desde el pasillo—. ¡Despierta! ¡Tu padre nos estaba escondiendo 80 millones de dólares!
Diego apareció despeinado, con el rostro hinchado de sueño y codicia.
—¿Qué?
—¡Míralo! ¡Cuenta en Caimán! ¡Dice que tú no estás listo!