Diego leyó el borrador. Su cara se transformó. Dolor no. Vergüenza tampoco. Solo hambre.
—¿Dónde tendría los códigos?
—En el libro rojo de la caja fuerte —dijo Fernanda—. Lo vi una vez.
Don Ernesto sonrió con tristeza. Él había dejado que Fernanda viera ese libro meses atrás. Cada pieza estaba donde debía estar.
Diego abrió la caja fuerte detrás de un cuadro de Frida Kahlo. La combinación era su fecha de nacimiento. Encontró el libro rojo y, en la última página, los supuestos códigos de acceso.
—Lo encontré —susurró.
Se sentaron frente a la computadora del despacho. Ingresaron al portal. La cuenta apareció con un saldo de 80 millones de dólares.
Fernanda se llevó las manos a la boca.
—Transfiérelo todo.
—Esto es fraude —dijo Diego, por primera vez con miedo.
Fernanda lo golpeó en la nuca.
—Tu padre se está muriendo. Mañana nadie podrá detenernos. ¿Quieres ser millonario o quieres seguir mendigando cariño?
Diego miró el número. Luego escribió los datos de una cuenta en Belice que Ernesto no conocía, pero que Leonardo ya había rastreado durante la madrugada.
Presionó “autorizar”.
En ese instante, la puerta del despacho se abrió.
No entró la policía.
Entró Consuelo.
Llevaba su uniforme azul, el cabello recogido y una taza de té en una bandeja.
Diego se puso de pie, pálido.
—¿Qué haces aquí?
Consuelo miró la pantalla. Luego a él.
—Lo que debí hacer hace mucho. Cuidar a su padre de usted.
Fernanda soltó una carcajada nerviosa.
—Vieja metiche. Nadie va a creerte.
Entonces se oyó otra voz desde la bocina de la computadora.
—A ella tal vez no. Pero a mí sí.
La imagen de don Ernesto apareció en la pantalla, sentado en el hotel, más pálido que nunca, pero con la mirada firme.
Diego retrocedió como si hubiera visto un muerto.
—Papá…
—No, Diego. Ya no uses esa palabra como refugio.
Fernanda tiró la taza de la bandeja. El líquido se derramó sobre el piso.
—Esto es una trampa.
—Sí —dijo Ernesto—. Y ustedes entraron caminando.
En la calle se escucharon sirenas.
Diego comenzó a temblar.
—Papá, por favor. Ella me obligó. Yo no quería…
Fernanda lo miró con odio.
—¡Cobarde!
—Tú preparaste el té —gritó Diego—. ¡Tú hablaste con Valdivia!
—¡Pero tú querías la herencia!
Mientras se acusaban, agentes de la fiscalía y de delitos financieros entraron al despacho. Leonardo Castañeda venía detrás, impecable, con un portafolio lleno de copias, videos, análisis y registros bancarios.
El doctor Valdivia fue arrestado esa misma tarde en su consultorio de Santa Fe.