Diego y Fernanda terminaron esposados en la entrada de la casa, bajo la misma lluvia que la noche anterior había acompañado a Ernesto por el túnel. Diego lloraba. Fernanda insultaba. Consuelo permanecía de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas, sin bajar la mirada.
Don Ernesto pasó 3 semanas en tratamiento. El veneno salió lentamente de su cuerpo. La niebla mental desapareció. Volvió a caminar por el Bosque de Chapultepec al amanecer, primero con bastón, luego solo.
Un mes después, recibió una carta de Diego desde prisión.
Papá, no sé en qué momento dejé de verte como mi padre y empecé a verte como una cuenta bancaria. No espero perdón. Solo quería decirte que, por primera vez, entiendo que lo perdí todo antes de tocar tu dinero.
Don Ernesto leyó la carta 3 veces. Lloró en silencio. Después escribió una respuesta breve.
No puedo salvarte de las consecuencias. Pero si algún día decides convertirte en un hombre digno, empieza diciendo la verdad.
El día que cumplió 70 años, don Ernesto no abrió el vino que Fernanda había destruido. Tampoco hizo una fiesta de empresarios. Fue al hospital infantil donde inauguraron el Pabellón Elena Salvatierra. En la entrada había globos blancos, médicos, enfermeras, niños con cubrebocas de colores y madres que lloraban de alivio.
Consuelo llegó con su nieto, Mateo, un niño de 7 años que necesitaba una operación del corazón. Don Ernesto había pagado todo sin decirlo.
—Patrón —dijo Consuelo, con los ojos húmedos—, usted no tenía que hacer esto.
Él tomó la mano del niño.
—No me diga patrón. Desde hoy, esta casa también es de ustedes.
Mateo le regaló un dibujo: un señor de traje sosteniendo un paraguas sobre muchos niños.
Don Ernesto lo miró y sintió que algo dentro de él, algo que Diego había intentado matar, volvía a respirar.
Esa tarde, sentado en el patio del hospital, rodeado de risas infantiles, entendió la verdad más dura y más hermosa de su vida: la sangre puede traicionar, pero el amor verdadero casi siempre llega con otro nombre, con otro rostro, con otras manos.
Y mientras Consuelo le servía una taza de café limpio, sin hierbas, sin mentiras, don Ernesto levantó la vista al cielo naranja de la Ciudad de México.
—Elena —susurró—, al final sí salvamos la casa.
Pero no hablaba de la mansión de Las Lomas.
Hablaba de su corazón.