PARTE 2
ESA NOCHE DESCUBRÍ QUE YO ERA LA ÚNICA PERSONA “DESECHABLE” EN SU CASA
—Sophia…
Ethan finalmente pronunció mi nombre.
Por primera vez su voz sonó nerviosa.
Yo miré la pantalla del teléfono.
—¿Chloe sigue allí?
Silencio.
—Está borracha. No podía dejar que condujera.
—Podías pedirle un auto.
—Sophia.
—Podías reservarle un hotel.
—No hagas esto más complicado de lo que es.
Me reí.
No con alegría.
Fue una risa breve, agotada.
Ethan siempre tenía esa capacidad.
Convertir cualquier cosa que me lastimara en un problema causado por mí.
Si me molestaba que fingiera no conocerme en una cena de empresa, yo era demasiado sensible.
Si preguntaba cuándo íbamos a hacer pública nuestra relación, yo lo estaba presionando.
Si quería dejar una muda de ropa en su apartamento, estaba poniendo en riesgo su privacidad.
Y ahora, si me incomodaba que su asistente durmiera en su casa rodeada de objetos que él había elegido personalmente para ella…
yo estaba complicándolo todo.
—No te preocupes —dije—. No voy a complicar nada más.
—Bien. Mañana hablamos cuando estés más tranquila.
—No hace falta.
Hubo otra pausa.
—¿Qué quieres decir?
Miré alrededor de mi apartamento.
Durante tres años había reservado para Ethan un cajón entero.
Tenía una camisa suya.
Un cargador.
Un cepillo de dientes.
Sus medicamentos para la alergia.
Su café favorito.
Incluso un par de pantuflas que compré porque una vez se quejó de que el suelo estaba frío.
Nunca pensé que esas cosas fueran peligrosas.
Para mí, dejar espacio para alguien era una forma de amar.
Para él, dejarme espacio a mí parecía una amenaza.
Abrí el cajón.
—Quiero decir que terminamos.
Ethan soltó una pequeña carcajada incrédula.
—¿Por esto?
—No.
Saqué su cepillo de dientes.
—Por tres años.
—Estás reaccionando emocionalmente.
Saqué su cargador.
—Probablemente.
—Duerme un poco. Mañana iré a verte.
—No vengas.
—Sophia—
—Voy a dejar tus cosas en recepción.
Entonces colgué.
Durante los siguientes veinte minutos, Ethan llamó siete veces.
No respondí.
Metí sus pertenencias en una caja.
No eran muchas.
Pero al verlas juntas me ocurrió algo casi ridículo.
Ethan tenía más objetos permanentes en mi apartamento que yo en el suyo.
Muchísimos más.
A la mañana siguiente llegué temprano a la oficina.
Entregué dos documentos.
El primero era mi solicitud de traslado a la sucursal de Chicago, que llevaba meses posponiendo.
El segundo era mi renuncia en caso de que el traslado no fuera aprobado.
A las nueve y diez, la secretaria de Ethan me llamó.
—El señor Cole quiere verte.
—Tengo una reunión.
—Dice que es urgente.
—Mi reunión también.
La secretaria quedó en silencio.
Nunca antes había rechazado una llamada suya.
A las nueve y veinte, Ethan apareció en mi escritorio.
Toda la planta se quedó inmóvil.
Él jamás iba personalmente a buscarme.
—A mi oficina.
—Estoy trabajando.
—Sophia.
Levanté la mirada.
—Señor Cole, si es un asunto laboral, puede enviarme un correo.
Vi cómo se tensaba su mandíbula.
Varios compañeros fingieron concentrarse en sus pantallas.
Chloe estaba sentada a pocos metros.
Llevaba la misma ropa de la noche anterior.
Cuando nuestros ojos se encontraron, apartó la mirada.
Ethan respiró hondo.
—Cinco minutos.
Me levanté.
Al entrar en su oficina cerró la puerta.
—¿Qué significa esto?
Puso mi solicitud de traslado sobre la mesa.
—Exactamente lo que dice.
—Nunca mencionaste que querías irte.
—Tú tampoco mencionaste que tu asistente tenía objetos personales en tu casa.
—Otra vez con eso.
—No. Ya no.
Lo miré con calma.
—Anoche terminé nuestra relación. Esto es trabajo.
Ethan me observó durante varios segundos.
Después soltó una frase que jamás olvidaré.
—No puedes tirar tres años por una rabieta.
Lo miré.
—Yo no estoy tirando tres años.
Señalé la papelera junto a su escritorio.
—Tú llevas tres años tirándolos.
Por primera vez, no tuvo respuesta.
Solicité el traslado porque seis meses antes la empresa había abierto una oficina en Chicago y me habían ofrecido liderar un nuevo equipo.
Ethan me había pedido que rechazara la oportunidad.
“Ahora no es buen momento para estar separados”, me dijo.
Irónicamente, nuestra relación ya vivía escondida.
Pero yo había elegido quedarme.
Por él.
Esta vez elegí irme.
El traslado fue aprobado tres días después.
Cuando la noticia empezó a circular, Ethan cambió.
Comenzó a buscarme constantemente.
Me esperaba al salir de reuniones.
Me enviaba comida.
Compró un par de zapatos cómodos cuando descubrió que mi pie seguía lastimado.