Una noche apareció frente a mi apartamento con varias bolsas.
—Necesitamos hablar.
No abrí completamente la puerta.
—¿Qué es eso?
—Tus cosas.
Fruncí el ceño.
—No tengo cosas en tu casa.
—Ahora sí.
Abrió una de las bolsas.
Había pantuflas nuevas.
Un juego de platos.
Toallas.
Una taza.
Un cepillo de dientes.
Incluso una almohada.
—Compré todo lo que necesitas.
Lo miré sin sentir absolutamente nada.
Tres años antes, quizá habría llorado de felicidad.
Ahora solo veía etiquetas.
Objetos nuevos intentando reparar algo viejo.
—Puedes dejarlo aquí —dijo Ethan—. O puedo llevarlo de vuelta a mi apartamento. Lo que prefieras.
—Devuélvelo.
Su rostro cambió.
—Sophia, estoy intentando arreglar esto.
—No puedes comprarme un lugar en tu casa después de demostrarme durante tres años que no querías que existiera allí.
—No era eso.
—Entonces dime qué era.
Abrió la boca.
No salió nada.
Seguí hablando.
—¿Sabes qué fue lo que más me dolió?
Él me miró.
—No fueron las pantuflas.
—Entonces, ¿qué?
—Que cuando dijiste “entra descalza”, ni siquiera recordaste que tenía una herida.
Bajó la mirada hacia mi pie.
—Yo…
—Pero sí recordabas cuál era el personaje favorito de Chloe.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
—Recordabas qué platos comprarle.
—Sophia…
—Recordabas que le gustaban esas pantuflas.
—No significaban nada.
—Eso es exactamente lo que no entiendes.
Respiré profundamente.
—No importa si significaban algo para ti. Significa algo que pudieras prestar tanta atención a otra persona mientras yo llevaba años pidiendo un espacio mínimo en tu vida.
Cerré la puerta.
Ethan regresó varias veces durante las siguientes semanas.
No lo dejé entrar.
Después vino Chloe.
Fue cinco días antes de mi mudanza.
Me esperó fuera de la oficina.
—Sophia, ¿podemos hablar?
Iba a rechazarla.
Pero parecía genuinamente incómoda.
—Cinco minutos.
Fuimos a una cafetería.
Apenas se sentó, Chloe dijo:
—No tuve una relación con Ethan.
—Ya no importa.
—Para mí sí.
Jugó nerviosamente con la tapa de su vaso.
—Él nunca me dijo que tú eras su novia.
Eso sí me hizo mirarla.
—¿Qué te dijo?
—Que tenía una relación complicada con alguien fuera de la empresa.
Casi sonreí.
Hasta para describirme había conseguido mantenerme lejos.
Chloe continuó.
—Yo pensé que… bueno, pensé que ustedes no tenían nada.
—Entiendo.
—Los platos los compró después de que un día dije que me encantaba ese personaje. Las pantuflas… fueron un regalo promocional que recibió la empresa. Y los cepillos…
Se detuvo.
—¿Qué pasa con los cepillos?
—Los compró esa tarde.
Sentí una punzada.
—¿Para ti?
Chloe negó con la cabeza.
—No lo sé. Cuando los vi pensé que eran nuevos. Le pregunté si podía usar uno y me dijo que sí.
Curiosamente, aquella explicación no mejoró ni empeoró nada.