PARTE 2
Mi boda terminó sin matrimonio.
Pero el verdadero espectáculo apenas comenzaba.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Después de escuchar a Sofía decir que parte del dinero invertido por Carter Group había terminado en una cuenta a nombre de Vanessa, los invitados dejaron de fingir discreción.
Los murmullos se convirtieron en conversaciones abiertas.
—¿Desviaron fondos?
—¿La cuñada recibió dinero?
—¿Y está embarazada después de un año de viudez?
—Esto es peor de lo que parecía…
Vi a varios socios comerciales de Hayes Corporation alejarse discretamente de la familia.
En nuestro mundo, un escándalo sentimental podía sobrevivirse.
El fraude era diferente.
El señor Hayes se acercó a mí con el rostro cubierto de sudor.
—Elena, te lo ruego. No saquemos conclusiones antes de investigar.
—Estoy de acuerdo.
Su expresión se iluminó.
Duró menos de un segundo.
—Por eso ya ordené una auditoría forense.
El hombre abrió la boca.
—¿Una… auditoría?
—Carter Group tiene derecho a revisar el uso de los fondos que aportó. Está escrito en el contrato que usted firmó.
Miré a Adrian.
—Aunque sospecho que tu hijo nunca se molestó en leerlo.
Adrian apretó la mandíbula.
—No puedes tratarnos como criminales solo porque Vanessa recibió dinero.
—Claro que puedo hacer preguntas cuando quince millones de dólares desaparecen de una empresa en la que invertí.
La madre de Adrian soltó un grito.
—¡¿Quince millones?!
Su marido giró hacia ella.
—Martha, no ahora.
Aquella reacción me llamó la atención.
La señora Hayes parecía genuinamente sorprendida.
Interesante.
Tal vez no todos conocían el mismo nivel de mentira.
Vanessa comenzó a retroceder.
—Yo no sé nada de ese dinero.
Sofía ni siquiera pestañeó.
—Las transferencias llegaron a una sociedad llamada VR Holdings LLC. Usted figura como beneficiaria final.
—¡Adrian se encargó de todo!
El rostro de Adrian perdió el color.
—¡Vanessa!
Demasiado tarde otra vez.
Ella se llevó una mano a la boca.
Yo crucé los brazos.
—Qué pareja tan coordinada.
—No somos pareja —insistió Adrian.
—Entonces tienes una forma muy particular de administrar el patrimonio de tu cuñada.
Vanessa se echó a llorar.
No eran lágrimas silenciosas.
Eran esas lágrimas diseñadas para conseguir espectadores.
—¡Después de la muerte de Daniel me quedé sola! ¡Estaba aterrada! Adrian solo intentaba ayudarme.
Al escuchar el nombre de Daniel, algo dentro de mí se tensó.
Daniel Hayes había sido el hermano mayor de Adrian.
A diferencia de él, Daniel tenía fama de disciplinado.
Había trabajado durante años dentro de Hayes Corporation y, según mi abuelo, era el único miembro de aquella generación que entendía cómo dirigir una empresa.
Murió en un accidente automovilístico un año antes de nuestra boda.
Después de su muerte, Adrian quedó como único heredero masculino.
Hasta aquel momento nunca había relacionado ambos hechos.
Sofía sí.
Se acercó a mi oído.
—Necesito hablar con usted en privado.
Asentí.
Me giré hacia los invitados.
—Lamento que hayan venido a una boda y hayan terminado presenciando una auditoría.
Algunas personas soltaron risas nerviosas.
—La recepción seguirá abierta. Coman, beban y disfruten. Carter Group cubrirá todos los gastos.
Luego miré a la familia Hayes.
—Ustedes no.
La madre de Adrian se puso roja.
—¡Elena!
—Seguridad.
Dos hombres se acercaron.
Adrian dio un paso hacia mí.
—No te atrevas.
—Este hotel pertenece a Carter Hospitality.
Lo miré de arriba abajo.
—Y acabas de cancelar tu invitación.
Fue la primera vez que vi verdadero miedo en sus ojos.
No miedo a perderme.
Miedo a perder lo que mi apellido representaba.
Dinero.
Contratos.
Crédito.
Acceso.
Respeto.
La protección que su familia había intentado comprar casándolo conmigo.
—Elena —dijo, bajando por fin el tono—. Hablemos.
—Tuviste meses para hablar.
—Puedo explicarlo.
—Lo hiciste delante de todos. Querías que Vanessa viviera conmigo. Querías mantenerla bajo nuestro techo. Incluso me diste la opción de aceptar o cancelar la boda.
Me acerqué un poco.
—Elegí.
Adrian miró alrededor.
Sabía que cada palabra estaba siendo escuchada.
—Estás reaccionando por orgullo.
—No.
—Entonces ¿por qué convertir esto en una guerra?
—Porque intentaste convertir mi matrimonio en una adquisición hostil.
No respondió.
Vanessa lo sujetó del brazo.
Él se apartó.
Ese pequeño movimiento no pasó desapercibido.
Ella lo miró como si acabara de abofetearla.
Ahí comprendí algo.
Adrian podía haberla elegido sobre mí cuando pensaba que no habría consecuencias.
Ahora que su imperio comenzaba a derrumbarse, Vanessa dejaba de parecerle tan importante.
Patético.
Entré en una sala privada junto a Sofía y dos abogados de Carter Group.
Ella cerró la puerta.
—Encontramos algo mientras preparábamos la cancelación de contratos.
—Te escucho.
Sofía colocó su tableta sobre la mesa.
—Hace seis meses, Hayes Corporation solicitó un préstamo puente de treinta millones. La garantía que presentaron incluía una carta de respaldo supuestamente emitida por Carter Group.
Sentí un escalofrío.
—Yo nunca autoricé ninguna garantía.
—Lo sé.
—¿Mi firma?
—Digital.
—Falsificada.
—Eso creemos.
Uno de los abogados intervino.
—Si podemos demostrarlo, hablamos de fraude financiero.
Miré otra vez la pantalla.
—¿Quién presentó la documentación?
Sofía amplió un archivo.
Adrian Hayes.
Me recosté en la silla.
Las piezas comenzaban a encajar.
La familia Hayes no solo esperaba que nuestra boda los salvara.
Ya estaban utilizando mi nombre antes de casarnos.
—¿Y los quince millones transferidos a Vanessa?
—Proceden parcialmente de ese préstamo.
—Entonces consiguieron dinero utilizando una garantía falsa de mi empresa y después desviaron parte a una sociedad de ella.
—Exactamente.
Uno de los abogados respiró hondo.
—Hay algo todavía más extraño.
—Dígamelo.
—VR Holdings fue constituida once días antes de la muerte de Daniel Hayes.
La habitación quedó en silencio.
—¿Antes?
—Sí.
Miré a Sofía.
—Quiero toda la información financiera de Daniel a la que legalmente podamos acceder. Seguros, participaciones, testamento, beneficiarios y movimientos corporativos previos a su muerte.
—Ya empecé.
No pude evitar sonreír ligeramente.
Por eso le pagaba tan bien.
—También revisa el accidente.
Sofía levantó la mirada.
—¿Sospecha algo?
—Todavía no.
Pensé en Vanessa.
En su embarazo.
En el dinero.
En el hecho de que una sociedad creada a su nombre existiera antes de que enviudara.
—Pero estoy aprendiendo a no creer en coincidencias dentro de la familia Hayes.
Cuando salí de la sala, Adrian me esperaba en el pasillo.
Solo.
La arrogancia había desaparecido.
—Elena.
Seguí caminando.
Él me bloqueó el paso.
—Cinco minutos.
—Apártate.
—Por favor.
Aquella palabra sí consiguió detenerme.
No porque me conmoviera.
Porque nunca antes se la había oído decir.
—Cuatro minutos —dije.
Adrian miró hacia los lados.
—Vanessa está emocionalmente inestable.
—Eso no explica quince millones.
—El dinero era para protegerla.
—¿De quién?
Silencio.
—¿De quién, Adrian?
—De mi padre.
Eso no me lo esperaba.
—Continúa.
—Después de que Daniel murió, mi padre quería controlar todas las acciones que él había dejado. Vanessa tenía derecho a una parte. Yo intenté impedir que se quedara sin nada.
—¿Falsificando mi respaldo financiero?
Sus ojos parpadearon.
—No falsifiqué nada.
—Mi equipo tiene los documentos.
Su respiración cambió.
Pequeño detalle.
Suficiente.
—Tal vez alguien del departamento financiero…
—La solicitud lleva tu firma electrónica.
—Podrían haberla usado.
—Claro.
Intentó tocar mi brazo.
Me aparté.
—Elena, sé que estás furiosa por lo de hoy.
—No estoy furiosa.
—¿Entonces qué estás?
Pensé unos segundos.
—Agradecida.
Frunció el ceño.
—¿Agradecida?
—Me acabas de ahorrar años de matrimonio.
Me fui.
Aquella noche regresé a mi apartamento todavía vestida de novia.
No había tenido tiempo de cambiarme.
Cuando entré, me miré en el espejo del recibidor.
El vestido costaba más que muchos apartamentos.
Había sido diseñado durante cuatro meses.