Mi abuelo habría sonreído al verme con él.
Ese pensamiento fue lo único que logró romper mi calma.
Me senté en el suelo.
Por primera vez desde el salón, cerré los ojos.
No lloré por Adrian.
Jamás lo había amado.
Pero sí lloré por mi abuelo.
Porque durante meses había intentado convencerme de que cumplir su último deseo significaba aceptar una vida que yo nunca había querido.
Había confundido amor con obediencia.
Mi abuelo me enseñó a negociar.
A luchar.
A no permitir que nadie decidiera mi valor.
Si hubiera estado vivo aquella tarde, probablemente habría sido el primero en sacar a Adrian del salón.
Me reí entre lágrimas.
—Lo siento, abuelo —susurré—. Esta boda no va a suceder.
Mi teléfono sonó.
Era Sofía.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué encontraste?
—Algo relacionado con el bebé.
Me puse de pie.
—Habla.
—Vanessa acudió hace cinco meses a una clínica privada. Hemos encontrado un pago realizado desde una tarjeta corporativa de Adrian.
—Eso no demuestra paternidad.
—No. Pero también pagó una prueba genética prenatal.
Mi mano se tensó alrededor del teléfono.
—¿Puedes conseguir el resultado legalmente?
—No sin autorización o una orden.
—Entonces no lo hagas.
No estaba dispuesta a cruzar una línea solo por curiosidad.
—Pero hay otra cosa —continuó Sofía—. La clínica envió una factura detallada a la dirección personal de Adrian. El concepto aparece como “consulta de paternidad prenatal”.
Cerré los ojos.
Era suficiente para entender por qué habían acudido allí.
—Mañana quiero hablar con los abogados.
—Ya están preparados.
Antes de colgar, Sofía añadió:
—Señora Carter, la familia Hayes ha solicitado una reunión urgente a las ocho de la mañana.
—¿Toda la familia?
—El señor y la señora Hayes. Adrian. No mencionaron a Vanessa.
Sonreí.
Claro que no.
Ahora ella era un problema.
—Diles que pueden venir a las nueve.
—Pidieron las ocho.
—Precisamente.
A las nueve de la mañana siguiente entraron en la sala de juntas de Carter Group.
Yo ya llevaba dos horas trabajando.
Adrian parecía no haber dormido.
Su madre tenía los ojos hinchados.
Su padre parecía diez años mayor.
Se sentaron frente a mí.
Nadie habló.
Abrí una carpeta.
—Hayes Corporation debe treinta millones a First Continental, dieciocho millones a otros acreedores y tiene obligaciones inmediatas de nómina y proveedores por otros doce.
El padre de Adrian tragó saliva.
—Podemos reestructurarlo.
—Con nuestra inversión, quizá.
—Entonces mantén el acuerdo.
—No.
—Elena…
—No existe matrimonio. Por lo tanto, tampoco existe alianza estratégica.
La señora Hayes golpeó la mesa.
—¡No puedes castigar a cientos de empleados por una pelea de pareja!
La miré.
—No fue una pelea de pareja.
Deslicé una hoja hacia ellos.
—Fue fraude.
El padre de Adrian la tomó.
Su rostro se volvió gris.
Miró a su hijo.
—¿Qué es esto?
Adrian no contestó.
—¡Te pregunté qué es esto!
—Papá, yo puedo explicarlo.
—¿Usaste una garantía falsa?
La madre de Adrian miró de uno a otro.
—¿Qué garantía?
El señor Hayes se levantó.
—¡Idiota!
Golpeó a Adrian.
La bofetada resonó en toda la sala.
Adrian se quedó inmóvil.
Su padre respiraba con dificultad.
—¡Te dije que no tocaras los documentos de Carter!
Interesante.
Me incliné hacia delante.
—Así que sabía que existían.
El señor Hayes quedó congelado.
Acababa de cometer el mismo error que Vanessa.
Miró lentamente hacia mí.
—No quise decir…
—Sí quiso.
Uno de mis abogados activó una grabadora visible sobre la mesa.
—Para constancia, señor Hayes: ¿acaba de afirmar que tenía conocimiento previo de documentos falsificados relacionados con Carter Group?
—¡Esto es una trampa!
—No —respondí—. Esto es una sala de juntas.