Vanessa continuó.
—Su padre decía que eras demasiado orgullosa para soportar un escándalo público. Que preferirías aceptar cualquier condición antes que convertirte en la mujer abandonada en su propia boda.
Así que esa era su estrategia.
Humillarme para controlarme.
—¿Y tú qué ganabas?
—Una casa. Seguridad. Dinero para mi hijo. Adrian me prometió que después de casarse contigo, tendría acceso a Carter Group y podría solucionar todos nuestros problemas.
—¿Nuestros?
Vanessa me miró.
Por primera vez pareció avergonzada.
—Los de él y los míos.
—Querías vivir en mi casa mientras te acostabas con mi marido y criabas a su hijo con mi dinero.
No respondió.
—Y pensabas que yo lo permitiría.
—Me dijeron que lo harías.
Sonreí.
—Entonces elegiste muy malos asesores.
Vanessa se levantó.
—¿Vas a ayudarme?
—No.
Su expresión cambió.
—¡Pero te estoy dando información!
—La policía decidirá si sirve.
—¡Elena!
Me puse de pie.
—No somos aliadas, Vanessa. Que Adrian sea peor que tú no te convierte en víctima de mí.
Se quedó inmóvil.
—Si temes por tu seguridad o por la del bebé, mis abogados pueden darte información de organizaciones que ayudan a mujeres embarazadas. Si tienes pruebas relacionadas con Daniel, entrégalas a las autoridades.
Señalé la puerta.
—Pero no voy a pagar por ellas.
Vanessa salió furiosa.
Dos días después entregó su teléfono a la policía.
Lo que había dentro cambió todo.
Mensajes.
Grabaciones de voz.
Transferencias.
Conversaciones entre ella y Adrian anteriores a la muerte de Daniel.
Una de ellas llamó especialmente la atención de los investigadores.
Daniel había descubierto su relación y planeaba modificar su testamento.
También pretendía denunciar a Adrian por desviar fondos de la empresa.
La noche anterior al accidente, Adrian escribió:
“Si mañana habla con los Carter, estamos acabados.”
Vanessa respondió:
“Entonces asegúrate de que no hable.”
Adrian:
“Déjamelo a mí.”
Aquellos mensajes no demostraban por sí solos que hubiera matado a Daniel.
Pero justificaron muchas preguntas.
La investigación duró meses.
Mientras tanto, Hayes Corporation entró en protección por insolvencia.
Carter Group adquirió, a precio de mercado y mediante un proceso supervisado, dos divisiones rentables que estaban a punto de desaparecer.
No lo hice por venganza.
Lo hice porque empleaban a más de ochocientas personas que no tenían culpa de la estupidez de sus dueños.
Conservamos sus puestos.
Cambiamos la administración.
El apellido Hayes desapareció de los edificios.
Richard Hayes perdió el control de la compañía que su familia había dirigido durante tres generaciones.
Martha Hayes dejó de llamarme.
Adrian tuvo problemas mucho mayores.
La investigación financiera demostró que había participado en la falsificación de documentos utilizados para obtener préstamos.
También se descubrieron varias transferencias ilegales.
Fue acusado formalmente de fraude, falsificación y apropiación indebida.
La investigación sobre la muerte de Daniel continuó de forma separada.
No seguí cada detalle.
No quería convertir una tragedia ajena en el centro de mi vida.
Pero seis meses después de mi boda fallida, recibí una llamada de Laura.
—Lo arrestaron.
Cerré los ojos.
—¿Por Daniel?
—Sí.
Según la acusación, un antiguo empleado de un taller relacionado con los Hayes había declarado que Adrian le pagó para alterar temporalmente una línea del sistema de frenos del vehículo.
El hombre afirmaba que Adrian le aseguró que solo quería “darle un susto” a su hermano.
La fiscalía sostenía otra cosa.
El proceso judicial tardaría tiempo.
Pero por primera vez, Daniel tendría la oportunidad de recibir justicia.