Adrian apretó la mandíbula.
—Chloe podía hacerse daño si Duke moría.
—Y Noah podía morir si no recibía el medicamento.
La habitación quedó en silencio.
Adrian abrió la boca.
No encontró respuesta.
Isabella tomó su maleta.
—Firmas los papeles y todo será más fácil.
Él agarró el asa antes de que ella pudiera levantarla.
—No voy a firmar nada.
—Eso solo retrasará el proceso.
—¿Adónde vas?
—No es asunto tuyo.
—Eres mi esposa.
—Todavía.
Aquella palabra golpeó a Adrian de una manera inesperada.
Todavía.
Como si la cuenta regresiva ya hubiera comenzado.
—Isabella, estás actuando impulsivamente.
—Durante siete años hice exactamente lo contrario.
Ella retiró su mano de la maleta.
—Siete años intentando convencerte de que nuestra familia debía importarte.
—Siempre me importó.
—Entonces no quiero imaginar cómo tratas a la gente que no te importa.
Adrian quedó petrificado.
Isabella bajó las escaleras sin volver la mirada.
Durante los primeros días, Adrian creyó que regresaría.
Estaba convencido de que Isabella necesitaba espacio.
Siempre ocurría igual.
Discutían.
Ella se enfadaba.
Pasaban uno o dos días sin hablar.
Después Isabella encontraba una excusa para acercarse.
Le preparaba café.
Le enviaba una fotografía de Noah.
Preguntaba si llegaría a cenar.
Ella siempre daba el primer paso.
Por eso Adrian no llamó.
El primer día.
Ni el segundo.
Ni el tercero.
Al cuarto día, encontró en la mesa del comedor el recibo de cancelación de la escuela privada de Noah.
Se quedó mirándolo durante varios minutos.
Nunca había pensado que una simple hoja pudiera hacer que una casa pareciera tan vacía.
Esa noche entró en la habitación de su hijo.
No lo hacía desde antes de su muerte.
En una pared seguía colgado un calendario infantil.
Había varios círculos rojos dibujados.
Adrian se acercó.
“Partido de fútbol con papá.”
“Feria de ciencias.”
“Cumpleaños de mamá.”
“Viaje al acuario.”
Junto a tres de esas fechas Noah había dibujado pequeñas estrellas.
Adrian recordó.
No había ido al partido.
Chloe tuvo una crisis.
No llegó a la feria de ciencias.
Chloe discutió con su terapeuta.
Canceló el viaje al acuario.
Duke se perdió durante varias horas y Chloe lo llamó llorando.
De repente recordó algo.
El día de la feria de ciencias, Noah había llegado a casa con una medalla plateada.
Adrian estaba hablando por teléfono.
El niño esperó junto a la puerta durante casi diez minutos.
Finalmente dijo:
—Papá.
Adrian levantó un dedo.
—Un segundo, campeón.
Continuó hablando.
Noah esperó.
Cuando Adrian terminó la llamada, su hijo ya se había ido a su habitación.
Aquella noche Isabella dejó la medalla sobre su escritorio.
—Quería mostrártela.
Adrian respondió:
—La veré mañana.
Nunca lo hizo.
Ahora buscó desesperadamente entre los cajones.
Encontró la medalla dentro de una pequeña caja.
En la parte posterior alguien había pegado una nota.
La letra era infantil.
“Para papá. La próxima vez ganaré oro para que vengas.”
Adrian se sentó en el suelo.
Por primera vez desde que Noah murió, lloró.
Mientras tanto, Isabella se instaló en un pequeño apartamento cerca del instituto médico donde había trabajado años atrás.
No necesitaba el dinero de Adrian.
Durante el matrimonio había conservado las propiedades recuperadas después de la muerte de sus padres y varias inversiones estaban exclusivamente a su nombre.
Lo que necesitaba era aprender a existir en un lugar donde ningún objeto le recordara que alguna vez había esperado a su esposo.
La primera semana apenas durmió.
La segunda regresó al trabajo.
El director del instituto, el doctor Daniel Harper, la recibió personalmente.
Habían trabajado juntos durante años.
—No tienes que volver tan pronto —le dijo.
—Sí tengo.
—Isabella…
—Si me quedo quieta, pienso.
Daniel entendió.
No insistió.
Le asignó un proyecto de investigación relacionado con terapias renales pediátricas.
Cuando Isabella vio el expediente, sus manos temblaron.
Daniel lo notó.
—Puedo darte otro.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Abrió la carpeta.
—Quiero este.
Trabajó doce, catorce, algunas veces dieciséis horas diarias.
No porque quisiera olvidar a Noah.
Precisamente porque no quería hacerlo.
Cada paciente infantil le recordaba su voz.
Cada padre desesperado le recordaba la noche del hospital.
Y cada nueva opción terapéutica hacía que pensara:
Tal vez este niño sí tenga la oportunidad que Noah perdió.
Poco a poco comenzó a respirar nuevamente.
Adrian tardó nueve días en llamarla.
Isabella estaba saliendo de una reunión cuando vio su nombre en la pantalla.
No contestó.
Él volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“Necesitamos hablar.”
Isabella respondió:
“Mi abogado puede hablar con el tuyo.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“No hablo del divorcio.”
Ella no respondió.
Esa tarde Adrian apareció frente al instituto.
Isabella lo encontró apoyado contra su automóvil.
Tenía el rostro agotado.
—No deberías estar aquí.
—No contestas mis llamadas.
—Por algo será.
Adrian sacó algo del bolsillo.
La medalla de Noah.
—Encontré esto.
Isabella bajó la mirada.
Reconoció inmediatamente la nota.
—Yo la guardé.
—¿Por qué nunca me dijiste lo que había escrito?
Isabella levantó los ojos.
—Te lo dije.
Adrian frunció el ceño.
—No.
—Te lo dije esa misma noche. Te pedí que entraras a verlo.
Su rostro se quedó vacío.
Isabella recordó perfectamente aquella conversación.
Adrian estaba a punto de salir.
Chloe lo había llamado.
Duke había desaparecido.
Ella le dijo:
“Por favor, entra cinco minutos. Noah ganó una medalla y lleva toda la tarde esperándote.”