Él respondió:
“Mañana. Ahora Chloe me necesita.”
Isabella terminó:
—Dijiste que lo verías al día siguiente.
Adrian bajó lentamente la mano.
—No lo recuerdo.
—Ese es exactamente el problema.
Las palabras cayeron entre ambos.
—Para Noah fue uno de los días más importantes de su vida. Para ti ni siquiera fue suficientemente importante como para recordarlo.
Adrian tragó saliva.
—Sé que fui un mal padre.
—No sé qué esperas que diga.
—Dime que puedo arreglar algo.
Isabella lo observó durante unos segundos.
—No puedes.
—Puedo cambiar.
—Quizá.
—Puedo dejar de ver a Chloe.
Isabella negó con la cabeza.
—Sigues sin entender.
—Entonces explícame.
—Ya no quiero que cambies por mí.
Adrian se quedó inmóvil.
Aquella frase fue peor que cualquier acusación.
Porque durante años Isabella le había pedido exactamente eso.
Que cambiara.
Que pusiera límites.
Que volviera temprano.
Que pasara tiempo con Noah.
Que dejara de correr detrás de Chloe cada vez que ella chasqueaba los dedos.
Ahora no quería nada.
—Isa…
—Tengo una reunión.
Ella pasó junto a él.
Adrian la tomó suavemente de la muñeca.
Isabella bajó la mirada hacia su mano.
Él la soltó inmediatamente.
—¿Hay alguien más?
Isabella casi sonrió.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Solo responde.
—No.
—Entonces podemos intentarlo.
—No.
—¿Por qué?
Isabella respiró profundamente.
—Porque no me fui para encontrar a otro hombre.
Lo miró directamente a los ojos.
—Me fui para volver a encontrarme a mí.
Y entró al edificio.
Dos días después, Chloe se presentó en casa de Adrian.
Llevaba una caja de comida y una expresión preocupada.
—No estás contestando mis mensajes.
Adrian estaba sentado en el sofá con varios álbumes familiares alrededor.
Chloe vio las fotografías.
—¿Sigues pensando en Isabella?
Él no respondió.
Ella se sentó a su lado.
—Sé que estás sufriendo por Noah, pero no puedes culparte eternamente.
Adrian levantó la mirada.
—¿Quién dijo que me culpo eternamente?
Chloe pestañeó.
—Yo solo…
—¿Sabías que Noah necesitaba ese medicamento?
La expresión de Chloe cambió.
—Adrian…
—Te pregunté si lo sabías.
Ella miró hacia otro lado.
—Sabía que estaba enfermo.
—No es lo mismo.
—Me dijiste que habían conseguido una dosis.
—¿Sabías que era para él cuando me pediste que la llevara?
Silencio.
Adrian sintió cómo algo frío le recorría la espalda.
—Chloe.
Ella suspiró.
—Sí.
Adrian se puso de pie.
—¿Lo sabías?
—Duke estaba muriendo.
—¡NOAH ERA MI HIJO!
La voz retumbó en la sala.
Chloe se estremeció.
Nunca lo había oído gritarle.
—Yo estaba desesperada.
—Sabías que era su medicamento.
—Pensé que conseguirías otro.
Adrian se quedó mirándola.
Exactamente las mismas palabras que él le había dicho a Isabella.
“Pensé que conseguiríamos otro.”
De repente escucharse desde fuera le produjo náuseas.
—¿Por qué no me lo dijiste claramente?
Chloe comenzó a llorar.
—Porque sabía que no vendrías.
Adrian sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Qué?
—Si te decía que Noah todavía no había recibido la dosis, habrías elegido quedarte con él.
La voz de Chloe se quebró.
—Y yo necesitaba que vinieras.
Adrian retrocedió.
Todo lo que había pasado aquella noche reapareció de golpe.
La llamada.
Los sollozos.
La urgencia.
Chloe diciendo que Duke se estaba apagando.
Él había tomado la decisión.
Nadie lo había obligado.
Pero ella sabía.
Y aun así lo llamó.
—Vete.
Chloe lo miró, horrorizada.
—Adrian…
—Sal de mi casa.
—Somos familia.
—No.
Por primera vez en su vida, Adrian la observó sin el filtro de la culpa, de la responsabilidad o de aquella promesa infantil que había condicionado toda su relación.
La había conocido cuando Chloe llegó a casa de sus padres con doce años.
Era una niña asustada, silenciosa, traumatizada por años de abandono.
Adrian tenía dieciséis.
Su madre le había dicho:
“Cuídala. Ahora eres su hermano mayor.”
Él se tomó aquella responsabilidad demasiado en serio.
Cuando Chloe lloraba, él aparecía.
Cuando tenía miedo, dormía frente a su habitación.
Cuando creció y empezó a sufrir episodios depresivos, Adrian asumió que protegerla era su obligación.
Hasta que aquella obligación se convirtió en costumbre.
Y después en una cadena.
Pero la responsabilidad por lo que había ocurrido con Noah seguía siendo suya.
Había permitido que Chloe siempre fuera primero.
—Vete —repitió.
Chloe lloró aún más.
—¿Vas a abandonarme por Isabella?
Adrian cerró los ojos.
—No.
Los abrió.
—Isabella ya se fue.
Su voz se quebró.
—Te estoy pidiendo que te vayas porque finalmente entendí lo que he hecho.
La familia Bennett reaccionó con incredulidad cuando se enteró del divorcio.
La madre de Adrian llamó a Isabella.
—Querida, sé que ambos están atravesando un dolor inimaginable. Quizá este no sea el momento de tomar decisiones definitivas.
Isabella permaneció en silencio.
La señora Bennett continuó:
—Adrian está destrozado.
—Yo también.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
Hubo una pausa.
Isabella no levantó la voz.
—Cuando Noah estaba vivo, pedí ayuda muchas veces.
—¿Ayuda?
—Les pedí que hablaran con Adrian sobre Chloe.
La mujer suspiró.
—Sabes que Chloe es emocionalmente frágil.
Isabella cerró los ojos.
Ahí estaba otra vez.
La frase que todos usaban.
Chloe era frágil.
Por eso todo estaba permitido.
—Noah también era frágil —respondió Isabella—. Solo que él nunca aprendió a utilizarlo para conseguir lo que quería.
La señora Bennett quedó sin palabras.