Recordaba cómo Ethan se había arrodillado y había dejado que nuestra hija le colgara aquel pedazo de arcilla del uniforme.
Recordaba que había llorado.
El hombre frente a mí tragó saliva.
—No sabía que estaba entre las cosas que Maya quemó.
—Ese es exactamente el problema.
Cogí la maleta.
—Ya no sabes nada.
Cuando pasé junto a él, extendió una mano.
—Claire, espera.
Me aparté antes de que me tocara.
Su expresión fue casi de sorpresa.
Durante siete años nunca había rechazado su contacto.
—Nos veremos cuando sea necesario firmar la resolución definitiva.
—¿De verdad vas a llegar tan lejos por una discusión?
Lo miré durante varios segundos.
—No me estoy divorciando por una discusión.
—Entonces ¿por qué?
—Porque enterré a una hija y, sin darme cuenta, después también enterré mi dignidad intentando conservar un marido que ya se había marchado emocionalmente.
Su rostro palideció.
—Eso no es justo.
—Tienes razón. No lo es.
Abrí la puerta.
—Pero por fin es verdad.
Mis padres no hicieron preguntas cuando regresé.
Mi madre abrió la puerta, vio la maleta y me abrazó.
Mi padre tomó el equipaje.
—Tu habitación sigue igual.
Eso fue todo.
Esa noche dormí doce horas seguidas.
No soñé con Ethan.
No soñé con Maya.
Soñé con Lily.
Estaba en un campo lleno de flores amarillas, persiguiendo mariposas.
Cuando se volvió hacia mí, tenía cuatro años otra vez.
—Mamá, ¿por qué estás tan triste?
En el sueño quise correr hacia ella.
Pero Lily sonrió.
—Yo estoy bien.
Desperté llorando.
Esta vez las lágrimas no dolieron.
Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Reactivé mi trabajo en la fundación de mi familia.
Antes de casarme había estudiado administración sanitaria. Después del nacimiento de Lily reduje mis responsabilidades.
Tras su muerte prácticamente desaparecí del mundo.
Durante años me convencí de que mi única identidad posible era ser la esposa de Ethan y la madre de una niña que ya no estaba.
Ahora tenía que descubrir quién era Claire cuando ninguno de esos papeles existía.
No fue fácil.
Pero cada mañana despertaba con una certeza:
faltaba un día menos.
Veinticinco.
Veinticuatro.
Veintitrés.
Ethan comenzó a llamarme el día veintidós.
Primero una vez.
Después tres.
Después siete.
No contesté.
El día veinte apareció frente al edificio de la fundación.
Salí de una reunión y lo encontré esperando en el estacionamiento, vestido de uniforme.
—Necesitamos hablar.
—Mi abogado tiene el número del tuyo.
—No quiero hablar con tu abogado.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
Intentó colocarse delante de mí.
—¿Vas a seguir así un mes entero?
—No.
Por un instante pareció aliviado.
—Solo faltan veinte días.
Su mandíbula se tensó.
—Claire, firmé porque creí que estabas haciendo lo mismo de siempre.
—Eso no cambia que firmaras.
—¡Porque siempre haces esto!
Varias personas se volvieron.
Ethan bajó la voz.
—Siempre amenazas con irte y después esperas que yo te detenga.
Asentí.
—Sí.
No esperaba que lo admitiera.
—Lo hice muchas veces. Fue infantil y manipulador. Me acostumbré a usar el divorcio como arma porque sabía que acabarías cediendo. Me avergüenza.
Su mirada se suavizó.
—Entonces lo entiendes.
—Sí. Precisamente por eso esta vez no voy a amenazarte.
—Claire…
—Me estoy divorciando de ti.
La suavidad desapareció.
—¿Por Maya?
—No.
—¿Entonces?
—Por mí.
Eso pareció desconcertarlo todavía más.
Había pasado tanto tiempo creyendo que mi mundo giraba alrededor de él que la posibilidad de que una decisión mía no tuviera a Ethan Carter como centro simplemente no cabía en su cabeza.
—¿Sabes que Maya está embarazada? —pregunté.
Se quedó inmóvil.
La respuesta estaba escrita en su rostro.
Lo sabía.
—Así que lo sabes.
—Claire, no es…
—No necesito explicaciones.
—El bebé no es mío.
Ahora fui yo quien se quedó quieta.
Ethan respiró hondo.
—Maya está embarazada de su exnovio. Rompieron antes de que ella fuera asignada a mi equipo.
Aquello debería haberme hecho sentir algo.
Alivio.
Esperanza.
Celos.
No sentí nada.
—Entiendo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—Pensé que…
No terminó.
—Pensaste que en cuanto supiera que el niño no era tuyo volvería corriendo.
—No dije eso.
—No hacía falta.
Di un paso hacia mi coche.
—El embarazo de Maya nunca fue la razón del divorcio, Ethan. Ni siquiera que te enamoraras de ella es la razón principal.
—Entonces dímela.
Me volví.
—Cuando nuestra hija murió, tú sufriste alejándote. Yo sufrí aferrándome. Ninguno supo hacerlo bien. Pero después empezaste a castigarme por seguir sintiendo dolor. Cada lágrima mía te resultaba incómoda. Cada recuerdo de Lily se convirtió en una carga. Y cuando alguien destruyó lo poco que me quedaba de ella, tú defendiste a esa persona.
Respiré.
—El día que me dijiste que “mirara hacia adelante”, mientras las cenizas de las cosas de nuestra hija todavía estaban calientes, nuestro matrimonio terminó.
Ethan no volvió a intentar detenerme.
Diecisiete días.
Maya apareció en la fundación.
No llevaba uniforme.
—Necesito hablar con usted.
—No.
—Cinco minutos.
Seguí caminando.
—Se trata de Ethan.
Me detuve.
—Precisamente por eso no me interesa.
Maya apretó los labios.
—Él está actuando de manera irracional.
Casi sonreí.
—Eso parece un problema profesional entre ustedes.
—Ha solicitado reasignarme.
Ahora sí la miré.
—¿Y?
—¿Usted se lo pidió?
—No.
—¿Entonces por qué lo haría?
—Pregúntaselo a él.
El orgullo de Maya comenzó a quebrarse.
—Desde que usted se fue, revisó los reportes del incidente en su casa.
No respondí.
—También pidió las grabaciones de seguridad.
—Bien.
—Y abrió una investigación.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque antes no era así.
—¿Antes de qué?
—Antes de que usted dejara de perseguirlo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
De pronto comprendí.