Kito le creía.
Una tarde, mientras buscaba leña cerca del mercado, encontró un montón de basura: latas viejas, alambres, tapas de plástico y pedazos de metal oxidado.
La mayoría veía desperdicios.
Kito vio una oportunidad.
Tomó una lata roja.
Luego una azul.
Después una plateada.
Las puso juntas y, de pronto, sonrió.
—Un camión —susurró.
Desde ese día trabajó en secreto.
Amarró las latas con hilo viejo. Hizo ruedas con tapas de botella. Usó pequeños palos para unirlas y trozos de cable para darle forma. Varias veces se cortó los dedos con el metal oxidado, pero nunca dejó de intentarlo.
Por las noches escondía su creación debajo de la cama porque quería terminarla antes de enseñarla.
Los otros niños se burlaban de él.
—Eso es basura.
—Tu camión parece roto.
—Nadie jugaría con algo así.
Kito fingía no escuchar.
Porque en su corazón, aquel pequeño camión ya era perfecto.
Después de muchos días terminó su obra.
No era simétrica.
Las ruedas apenas giraban.
La pintura estaba raspada.
Pero para él era la cosa más hermosa que había creado en toda su vida.
Corrió emocionado hacia su madre.
—Mamá, mira lo que hice.
Ella tomó el pequeño camión entre sus manos cansadas y lo observó en silencio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No porque fuera perfecto.
Sino porque podía ver el amor, la paciencia y la esperanza escondidos dentro de aquella pequeña creación.
—Es hermoso —dijo finalmente.
Kito sonrió como nunca.
Al día siguiente salió orgulloso al pueblo sosteniendo su camión. Esperaba que los demás también lo admiraran.
Pero nadie reaccionó como él imaginaba.
Algunos adultos estaban demasiado ocupados sobreviviendo.
Los niños volvieron a reírse.
Uno tomó el camión, lo arrastró por el suelo y lo devolvió sin cuidado.
—Está feo —dijo encogiéndose de hombros.
Kito sintió un nudo en la garganta.
Esa noche se sentó frente a su casa abrazando el pequeño juguete mientras el sol desaparecía lentamente detrás de las montañas.