El polvo flotaba lentamente entre los caminos estrechos y las casas de barro agrietado. El viento frío de la madrugada se colaba por puertas rotas y ventanas sin vidrio. A lo lejos cantaban los gallos, mientras algunas mujeres caminaban en silencio con cubetas vacías sobre la cabeza, buscando agua antes de que el calor consumiera el día.
En la casa más pequeña, al borde del pueblo, vivía un niño llamado Kito.
Kito tenía apenas seis años, aunque la pobreza hacía que pareciera más pequeño y más viejo al mismo tiempo. Su ropa estaba desgastada, llena de remiendos y manchas de tierra. Sus sandalias ya no existían, y caminaba descalzo sobre piedras calientes sin quejarse.
Pero sus ojos… sus ojos verdes brillaban como hojas mojadas después de la lluvia.
Eran ojos llenos de sueños.
Cada mañana, Kito corría hacia el camino principal para ver pasar los camiones viejos que atravesaban la región. Algunos llevaban madera, otros comida, y otros personas rumbo a la ciudad.
Para todos eran solo vehículos.
Para Kito eran esperanza.
Se sentaba durante horas dibujándolos en la tierra con un palo. Imaginaba motores enormes, ruedas gigantes y viajes interminables más allá de las montañas. Soñaba con conducir uno algún día y llevar comida y medicinas a pueblos olvidados como el suyo.
Pero en lugares donde falta el pan, los sueños parecen un lujo.
Su madre trabajaba lavando ropa en un pueblo vecino. Regresaba de noche, agotada, con las manos partidas por el jabón y el agua fría. Aun así, siempre encontraba fuerzas para sonreírle a su hijo.
—Algún día —le decía acariciándole el cabello— la vida abrirá un camino para ti.