Ella solicitó un trabajo en mi taller mecánico. Le dije: “Necesito una esposa, no una empleada”
Ella solicitó un trabajo en mi taller mecánico. Le dije: “Necesito una esposa, no una empleada”.
Cuando Verónica Salgado entró en el taller mecánico con una maleta rosa entre las manos, lo primero que escuchó fue:
—Yo necesito esposa, no empleada.
El hombre que pronunció aquella frase estaba arrodillado junto a una camioneta, con una llave inglesa en una mano y un trapo lleno de grasa en la otra. Tenía el cabello revuelto, una mancha negra en la mejilla y una sonrisa de la que pareció arrepentirse apenas terminó de hablar.
Verónica apretó las correas de la maleta.
—Entonces puse atención al anuncio equivocado.
Se volvió hacia la salida.
—¡Espere! —gritó el hombre.
Se levantó tan rápido que se golpeó la cabeza contra el cofre abierto.
—¡Carajo!
Verónica se detuvo, aunque no regresó.
—Me llamo Jesús Cárdenas —continuó él, frotándose la cabeza—. Soy el dueño del taller y eso que dije no formaba parte de la entrevista.
—¿Habrá una entrevista?
—Puede haberla, suponiendo que no la haya arruinado ya.
Verónica miró el letrero torcido que colgaba en la ventana de la oficina:
“SE SOLICITA RECEPCIONISTA. $1,200 SEMANALES.”
Después observó el caos detrás del cristal: facturas apiladas, carpetas inclinadas, un teléfono cubierto de polvo y una caja de cartón marcada con las palabras “Impuestos, tal vez”.
—Usted necesita más que una recepcionista.
—Lo sé. Por eso estoy dispuesto a disculparme 2 veces.
Ella casi sonrió.
Jesús se apartó de la puerta para dejarle libre el camino.
—Hago bromas cuando estoy nervioso. No es una cualidad atractiva. Mi mecánico, Toño, me lo recuerda todos los días.
Desde el fondo del taller, un hombre levantó la voz:
—¡Porque alguien tiene que hacerlo!
Verónica soltó una breve risa.
Fue suficiente para que regresara.
Colocó un currículum sobre el mostrador. Había trabajado durante 6 años en administración hospitalaria, facturación, seguros médicos y cobranza. Sabía organizar expedientes, revisar cuentas y tratar con personas convencidas de que gritar podía cambiar una cifra.
—¿Cuánto paga realmente? —preguntó.
—$1,800 por semana durante el primer mes. Si logra entender mis cuentas, $2,300 después.
—El anuncio dice $1,200.
—El anuncio es viejo y, aparentemente, mentiroso.
Verónica examinó la oficina.
—Puedo comenzar mañana, pero necesito salir 45 minutos todos los días al mediodía. Sin excepción. Recuperaré el tiempo después del cierre.
—De acuerdo.
Ella lo miró con sorpresa.
—Ni siquiera sabe por qué.
—Usted dijo que no había excepciones. Eso significa que es importante.
Por primera vez, la expresión desconfiada de Verónica se suavizó.
Jesús le entregó un formulario y el bolígrafo menos sucio que pudo encontrar.
Antes de marcharse, ella señaló el anuncio.
—Debería retirarlo.
—¿Por qué?
—Ya contrató a alguien.
Jesús despegó el cartón y lo dejó sobre el mostrador.