También notaba lo vacío que parecía el taller cuando ella se retrasaba.
—Son las 7:29 —dijo Toño una mañana—. No está tarde.
—Solo estaba viendo el clima.
—El clima está igual desde hace 20 años.
En ese momento, Verónica entró con gotas de lluvia en el cabello.
Toño miró a Jesús.
—Milagrosamente dejó de interesarte el clima.
Jesús le lanzó un trapo.
Un jueves, Verónica regresó de la clínica con 2 cafés.
—Mi madre caminó 7 metros con bastón.
—Eso es fantástico.
—Ella dice que fueron 5.
—¿Por qué?
—No confía en la cinta de la terapeuta.
—Me agrada su madre.
—Le ordenaría organizar su almacén y criticaría sus zapatos.
—Mis zapatos están reparados con pegamento para parabrisas. Eso demuestra conocimiento de materiales.
Verónica rio.
Jesús estuvo a punto de hacer otra broma solo para escucharla de nuevo, pero se detuvo. Comenzaba a comprender que no todo sentimiento necesitaba esconderse detrás de una sonrisa.
La semana siguiente, una tormenta inundó varias calles de Guadalajara. Los teléfonos del taller no dejaban de sonar y había clientes esperando desde temprano.
El celular de Verónica vibró.
Después de contestar, su rostro perdió el color.
—Se liberó un espacio para la evaluación completa de mi madre. Es hoy al mediodía. Si la aprueba, podrán fijar su fecha de alta.
—Entonces vaya.
Verónica miró la sala llena.
—No puedo. Es el peor día del mes.
Cuando intentó levantar el teléfono para rechazar la cita, Jesús cubrió el aparato con la mano.
—Entrégueme la carpeta.
—Tiene 6 coches pendientes.
—Toño tiene 6 coches. Yo tengo una camisa limpia y puedo decepcionar clientes usando oraciones completas.
—No es gracioso.
—Lo sé. Vaya a la evaluación.
—Sigo en periodo de prueba.
Jesús entendió entonces que ella no temía abandonar el escritorio. Temía que una necesidad humana borrara todo lo que había demostrado.
—No perderá el empleo. No le descontaré el tiempo y no me deberá nada por atender el teléfono. Pregúntele al médico todo lo que necesite.
—Regresaré a las 2.
—Regrese cuando termine.
Las siguientes 3 horas fueron desastrosas.
Jesús confundió llaves, escribió mal 2 presupuestos y llamó “blanco común” a una pintura que una clienta describió indignada como “perla escarchada”.
—¿Dónde está Verónica? —preguntó la mujer.
—Atendiendo algo importante.
La clienta guardó silencio y asintió.
Verónica volvió a las 3:20.
—Mi madre aprobó. Podrá salir en 4 semanas.
Jesús, sentado en la silla de ella y rodeado de papeles, sonrió.
—Es la mejor noticia del día.
—¿Cuál fue la segunda?
—Encontré la llave de un Nissan.
—¿Dónde estaba?
—En mi bolsillo.
Verónica cerró los ojos.
—Por supuesto.
Jesús había protegido la maleta rosa de la grasa y la colocó sobre la única silla limpia.
Ella dejó un café junto a su mano.
—Está frío.
—Me lo gané.
Sus dedos se rozaron alrededor del vaso.
Fue apenas 1 segundo, pero Jesús supo que algo había cambiado. Ya no solo quería ayudarla. Quería que confiara en él. Quería que permaneciera en el taller.
También sabía que debía aprender a desear esas cosas sin convertirlas en una deuda para ella.
2 días después, mientras cerraban, el cierre de la maleta se atoró. Un pedazo de cartón cayó al piso.
Era el antiguo anuncio de empleo.
En la parte trasera, Verónica había escrito una lista de pendientes del primer día. Debajo aparecía una frase:
“Fue el primer lugar donde preguntaron qué sabía hacer antes de preguntarme qué me había ocurrido.”
Jesús la leyó.
—Devuélvamelo —pidió ella, avergonzada.
Él se lo entregó inmediatamente.
—Lo conservó.
—Es cartón útil.
—Era un anuncio horrible.
—Me consiguió trabajo.
Antes de que Jesús respondiera, Verónica habló:
—El hospital me ofreció una entrevista.
La alegría desapareció del rostro de él.
El puesto incluía seguro médico, prestaciones y contrato permanente. Con Amalia a punto de recibir el alta, era una oportunidad lógica.
El primer impulso de Jesús fue pedirle que no fuera. El segundo fue comprender que no tenía derecho.
—Es una buena oportunidad.
Verónica buscó algo en su expresión.
—No le importa que me marche.
—Me importa lo suficiente para odiar la idea. Pero no haré que elegir el hospital le resulte más doloroso. Tendrá la mejor recomendación que pueda escribir.
—¿Y si no sé qué quiero?
—Haga la entrevista y descúbralo.
Durante los días siguientes, Jesús se volvió demasiado distante. Dejó de llevarle café y evitaba permanecer en la oficina.
Finalmente, Verónica dejó caer una carpeta sobre el escritorio.
—¿Hice algo mal?
—No.
—Entonces, ¿por qué casi no me habla?
—Le estoy dando espacio.
—Yo no le pedí espacio.
Jesús la observó.
Había confundido el respeto con la huida.
—Estoy intentando no influir en su decisión.
—Puede tener una opinión sin convertirla en presión.
Él respiró.
—Quiero que se quede. También quiero que haga la entrevista. Ambas cosas son verdad.
Los hombros de Verónica se relajaron.
—Eso era todo lo que necesitaba escuchar.
La prueba más importante llegó el lunes siguiente.
Ricardo Meléndez, gerente de una empresa de reparto, visitó el taller para negociar el mantenimiento de 25 camionetas. El contrato representaba suficiente dinero para cubrir los meses difíciles.
Verónica había preparado los costos, calendarios y condiciones.
Ricardo revisó el documento sin mirarla.
—El sistema es bueno —dijo—, pero quiero hablar directamente con el dueño. Nada de recepcionistas.
—Verónica es la jefa de operaciones —respondió Jesús—. Ella administrará la cuenta.
Ricardo hizo un gesto despectivo hacia la oficina.