Ahora tomó el micrófono y se lo entregó.
—Este evento es de Verónica. Ella debe explicarlo.
Después retrocedió.
Verónica sostuvo el aparato durante un segundo.
—Gracias por venir. Quien no se haya registrado debe pasar conmigo antes de entrar. Y si Toño asegura que sus frenos están bien, pídanle que lo escriba. Odia el papeleo, así que eso mejorará su precisión.
Todos rieron.
Al final del día habían reservado trabajo para 3 semanas.
Cuando quedaron solos, Verónica colocó la carpeta sobre el escritorio.
—Necesito hablar de mi puesto.
El estómago de Jesús se cerró.
—El hospital me contrató, pero todavía no respondí.
—Entiendo.
—Sé lo que quiero. Pero quedarme aquí debe ser una carrera, no un favor ni un accidente.
—Así debería ser.
—Quiero el título de gerente de operaciones, un aumento del 20%, mi nombre en los contratos que administre, seguro médico después de 3 meses y un bono si alcanzo las metas.
Jesús mantuvo el rostro serio, aunque sentía orgullo.
—¿El taller puede pagarlo?
—Revisé los números 2 veces.
—Entonces acepto.
Verónica frunció el ceño.
—Debería negociar algún punto.
—No.
—Usted me enseñó que puedo decir que no.
—Y estoy diciendo que no voy a pagarle menos a la persona que dirige mi negocio.
Ella sonrió sin protegerse por primera vez.
—Rechazaré el hospital.
Jesús apoyó ambas manos en el mostrador para controlar el alivio.
—Pero no me quedo por usted.
—Lo sé.
—Me quedo porque construí algo aquí y quiero seguir haciéndolo.
—También lo sé.
Verónica rodeó el escritorio.
—Bien. Porque ahora puedo decir lo siguiente sin deberle nada.
Jesús dejó de respirar.
—Terminó el horario laboral. ¿Quiere invitarme a cenar?
—Sí. Muchísimo.
—Esa respuesta fue demasiado seria.
—Estoy aprendiendo.
Él levantó una mano, pero se detuvo.
—¿Puedo besarla?
—Sí.
El beso fue breve, cálido y elegido por ambos.
Desde el taller, Toño gritó:
—¡La oficina tiene paredes de vidrio!
Verónica apoyó la frente contra la de Jesús y rio.
Amalia dejó la clínica la semana siguiente. Caminaba con bastón y tenía opiniones sobre todo. Cuando conoció a Jesús, lo observó durante varios segundos.
—Es menos tonto de lo que sugería su primera frase.
Verónica abrió los ojos.
—¿Le contaste eso?
—Tu madre pregunta demasiado.
—Tú respondes demasiado —dijo Amalia.
Los meses siguientes no fueron fáciles. Perdieron dinero por rechazar el contrato de Ricardo, pero lo recuperaron con clientes que respetaban el trabajo de Verónica.
Su nombre comenzó a aparecer debajo del de Jesús en cada presupuesto.
En el taller, ella era gerente de operaciones y él, propietario. Fuera del trabajo eran 2 personas aprendiendo a amarse sin confundirse con sus cargos.
Casi 1 año después, cerraron tarde un martes.
Verónica terminaba la nómina cuando Jesús colocó el antiguo letrero sobre el teclado. Ella lo había protegido con plástico para conservarlo.
—No estamos contratando —dijo.
—Déle la vuelta.
En la parte trasera, debajo de sus anotaciones del primer día, Jesús había escrito:
“¿Quieres casarte conmigo?”
Verónica tomó un bolígrafo, tachó la pregunta y le devolvió el cartón.
El rostro de Jesús se descompuso.
—Un letrero no puede preguntarme eso —explicó ella—. Hágalo usted. Sin bromas, sin esconderse.
Jesús apartó el cartón, rodeó el escritorio y se arrodilló.
Tomó ambas manos de Verónica.
—No me necesita para sobrevivir y no me debe nada. Construyó una vida aquí porque la eligió. Mejoró este taller y me convirtió en un hombre más honesto.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—La amo. Quiero ser su esposo, su compañero y el hombre que seguirá aprendiendo cuándo caminar a su lado y cuándo dejarla dirigir. Verónica Salgado, ¿quiere casarse conmigo?
—Sí.
Ella apretó sus manos.
—Sí quiero.
Después escribió debajo de la pregunta tachada:
“PUESTO OCUPADO.”
Se casaron 1 mes más tarde. Amalia caminó sin bastón durante la ceremonia y Toño lloró más que cualquier integrante de la familia.
El lunes siguiente, el teléfono sonaba cuando abrieron el taller. Había una pieza atrasada, un aprendiz había confundido 2 llaves y una clienta describía un ruido que solo aparecía al pasar frente a una panadería.
Verónica se sentó en su oficina usando un anillo sencillo junto al bolígrafo que golpeaba 2 veces cuando algo la irritaba.
Jesús dejó un café cerca de su mano.
—¿Es para la gerente o para su esposa? —preguntó ella.
—Para mi socia.
—Esa respuesta lo mantendrá con vida.
Verónica tomó el teléfono.
—Taller Cárdenas y Salgado, habla Verónica.
Escuchó al cliente, revisó el pizarrón y sonrió.
—Sí, yo soy la persona encargada.
Detrás de ella, el viejo anuncio estaba colgado dentro de un marco negro. En el reverso permanecían su primera lista, la pregunta tachada y las palabras escritas después.
Jesús había dicho el día que la conoció que necesitaba esposa y no empleada.
La verdad era que no comprendía ninguno de los 2 papeles.
Al final no encontró una mujer que necesitara ser salvada ni una trabajadora destinada a obedecerlo.
Encontró una compañera capaz de marcharse cuando quisiera y que, precisamente por ser libre, elegía quedarse cada día.