PARTE 2
Sergio levantó la barreta, pero no di ni un paso atrás.
—Bájala —le dije.
—¿O qué? —escupió—. ¿Tus amigos de las cámaras van a venir a salvarte?
Mariana soltó una risa nerviosa, pero sus manos temblaban. Valeria se pegó a mi espalda, respirando con dificultad.
—Me tuvieron aquí cuatro días —dijo ella—. Me quitaron el celular. No me daban agua si no firmaba.
—¡Mentira! —gritó Mariana—. Solo queríamos proteger el patrimonio familiar.
Me giré hacia ella.
—¿Golpeando a tu propia hija?
—Yo no la golpeé.
Valeria la miró con una calma que dolía más que cualquier grito.
—No. Solo le dijiste a Sergio dónde guardabas el cinturón.
El silencio que cayó en la bodega fue pesado, sucio, imposible de lavar.
Sergio pateó los papeles hacia mí.
—Tu hija recibió unas tierras de su abuelo. Doce hectáreas cerca del nuevo libramiento. Ella no entiende lo que tiene. Yo sí.
Recordé entonces. El padre de Mariana le había dejado a Valeria un terreno en Corregidora, una zona que durante años nadie tomó en serio. Pero hacía meses Valeria me había contado que Sergio insistía demasiado en venderlo.
—Tú creías que valía dos millones —dije.
Sergio apretó la mandíbula.
—Vale más de nueve —murmuró Valeria—. Él ya tenía un trato con una desarrolladora. Necesitaba mi firma antes de que se publicara el cambio de uso de suelo.
Mariana bajó la mirada.
—Sergio dijo que era lo mejor para todos.
—Para todos no —respondí—. Para él.
Sergio sonrió otra vez, pero ya no era una sonrisa segura. Era rabia con dientes.
—No tienes pruebas de nada.
Levanté la vista hacia una cámara vieja llena de polvo.
Él siguió mi mirada y se burló.
—Eso no funciona desde hace años.
—Esa, no.
Su sonrisa murió un poco.
Tres meses antes, Valeria me había dicho por teléfono que Sergio preguntaba mucho sobre su fideicomiso. Yo no quise asustarla, pero mandé revisar discretamente el sistema de la propiedad, uno que yo mismo había instalado antes de divorciarme de Mariana. La cámara principal estaba muerta, sí, pero los sensores de incendio, apertura, vibración y movimiento seguían conectados a una red privada.
Durante cuatro días, la bodega registró actividad humana, golpes, cambios de temperatura y aperturas nocturnas. Esa alerta llegó directo a mi centro de monitoreo en Guadalajara.
Por eso estaba allí.
Mostré la pantalla de mi celular.
—Desde que presioné este botón, todo lo que digan está siendo transmitido a mi equipo jurídico y a la Fiscalía. También a una unidad de la Policía Estatal.
Mariana intentó arrebatarme el teléfono. Me hice a un lado y ella chocó contra una mesa oxidada.
Sergio rugió:
—¡No puedes probar que yo la toqué!
Valeria tragó saliva.
—Jefe… la pared.
Me señaló una lámina metálica al fondo. La jalé. Detrás había un hueco improvisado como oficina: una laptop, una impresora portátil, dos celulares desechables, el teléfono de Valeria y varias identificaciones escaneadas de adultos mayores.
No era solo mi hija.
Sergio llevaba tiempo robando firmas.
—Eres un muerto —me dijo.
Se lanzó contra mí con la barreta. Le tomé la muñeca, desvié el golpe al piso y le torcí el brazo hasta que el hierro cayó.
No tuve que pegarle.
Las sirenas empezaron a sonar afuera.
Mariana cayó de rodillas.
—Rodrigo, por favor. Soy su madre.
Valeria respondió sin llorar:
—Dejaste de serlo cuando cerraste esa puerta.
Sergio corrió hacia la salida lateral y jaló la manija con desesperación.
—Esa puerta abre hacia afuera —le dije—. Y afuera ya están esperándote.
Entonces alguien golpeó el metal desde el otro lado.
—¡Fiscalía del Estado! ¡Todos al suelo!
Sergio me miró por primera vez con miedo verdadero.
Y yo supe que lo peor para él apenas empezaba.