PARTE 3
La puerta lateral se abrió de golpe y la luz de la tarde entró a la bodega como una sentencia. Primero aparecieron dos policías estatales con chalecos negros. Detrás venían agentes de la Fiscalía, paramédicos y el comandante Herrera, un hombre con el que mi equipo había trabajado en varios casos de fraude inmobiliario.
—¡Al suelo! —ordenó.
Sergio obedeció de inmediato. La barreta estaba lejos, su camisa blanca llena de polvo y su cara tan desencajada que ya no parecía el dueño de nada.
Mariana intentó correr hacia el fondo, pero una agente la detuvo antes de que pudiera dar tres pasos.
—Yo no hice nada —lloró—. Él me obligó. Yo también le tenía miedo.
Valeria estaba sentada en el suelo, envuelta en mis brazos. Levantó la vista hacia su madre.
—Tuviste cuatro noches para abrirme la puerta.
Mariana se quedó muda.
Los paramédicos se acercaron a Valeria con cuidado. Cuando uno de ellos tocó su muñeca, ella se encogió como una niña. Ese gesto me quemó por dentro. No grité. No golpeé a nadie. Pero en ese instante entendí que hay dolores que no necesitan ruido para destruirlo todo.
El comandante Herrera recogió los documentos con guantes.
—Poder notarial, cesión de derechos, contrato de compraventa, carta de autorización bancaria —enumeró—. Todo sin firma válida.
Sergio, ya esposado, levantó la cabeza.
—Esto es un asunto familiar.
Herrera lo miró sin pestañear.
—Privación ilegal de la libertad, lesiones, extorsión, falsificación de documentos, tentativa de fraude y delincuencia organizada si se confirma lo de los otros archivos. No, señor Valdés. Esto no es familiar. Esto es penal.
La palabra penal cayó sobre la bodega como una piedra.
Mi abogada, Clara Rivas, llegó pocos minutos después con una carpeta gruesa. Traía los registros de los sensores, copias certificadas del fideicomiso de Valeria y la trazabilidad de la transmisión de emergencia.
—Todo quedó respaldado —me dijo en voz baja—. Audio, geolocalización, hora exacta y acceso remoto. La Fiscalía ya tiene la cadena de custodia digital.
Sergio escuchó eso y perdió el último pedazo de color en la cara.
Los agentes revisaron el hueco detrás de la lámina. Encontraron la laptop, los celulares desechables, tarjetas SIM, una libreta con nombres y montos, y varias carpetas con escrituras de personas que ni siquiera conocíamos. Entre ellas había documentos de una viuda de Celaya, un jubilado de San Juan del Río y una pareja de ancianos de Amealco.
Sergio no había improvisado con Valeria. Valeria solo había sido la siguiente presa.