Me incliné tantito hacia adelante para que nomás ella me escuchara.
— Es que… lo escuché todo —le dije quedito—.
Y mi conciencia no me iba a dejar en paz si la dejaba festejar solita. —Le solté una sonrisa—. A mí también me plantaron mis compas hoy.
Me quedé ahí como menso viendo mi plato. Y la verdad, yo odio comer solo. ¿Me da chance de pegarme a su cumple?
Se quedó dudando. Me revisó mis botas de trabajo, mi playera un poco llena de polvo de la chamba. Luego volvió a ver las sillas vacías.
Y de repente, se le ablandó la mirada. Como si por fin algo se hubiera acomodado en su lugar.
— Bueno… —dijo, acomodándose su banda de cumpleañera—
. Ni modo de dejar que los antojos se echen a perder. Pero te advierto: soy bien habladora, mijo.
— Nombre, perfecto —le contesté—. Y я soy re bueno para escuchar.
Se llamaba Doña María.
Y miren, no nomás cenamos; aquello se convirtió en una fiesta de las buenas.
Me platicó de su viejo, Don Juan, que cada año le regalaba rosas amarillas. A fuerzas amarillas. «Porque esas le meten el sol a la casa», le decía él.
Me platicó de sus tres hijos, que se habían ido a buscarle por otros rumbos, de sus vidas, sus chambas, sus eternos compromisos y de esas frases que los hijos siempre dejamos para “después”: «Te marco mañana», «Ya mero vamos a verte».
Se acordó de su infancia en el pueblo, donde todos se conocían y los domingos olían a mole, a pollo rostizado y a café de olla.
De los bailes en la plaza y de los tiempos en que los años pasaban más despacito.
Y yo le platiqué de mi chamba en el taller mecánico, de mis manos que para la tarde ya están negras de puro cochambre y aceite, y de esta bendita ciudad donde la gente te pasa por el lado sin mirarte a los ojos.
Me reí diciéndole que aquí hasta salir con una muchacha parece entrevista de trabajo.
Ella se soltaba a reír con una risa de esas limpias, fuertes, que te ganan el corazón luego luego. Y yo me reía junto con ella.
La gente de las otras mesas empezó a voltear. Pero ya no eran miradas de lástima; eran miradas de envidia, de los que pensaban: «Mira nomás qué chido se la están pasando esos dos».
La mesera —una muchachita joven que nos traía bien checados desde el principio— entendió todo. Fue a secretearse algo a la cocina.
A los pocos minutos, bajaron tantito las luces del lugar.
Y salió todo el personal del restaurante. No traían una mendiga rebanadita de pastel, sino una copa gigantísima de helado con una montaña de crema batida y una luz de bengala brillando con todo en la punta.
Y en ese momento, todo el restaurante se puso de pie y empezó a cantarle a todo pulmón:
— Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…
Doña María se tapó la boca con las manos. Se le empezaron a mover los hombros del llanto. Pero esta vez eran lágrimas de pura felicidad. De esas que curan y no duelen.
Cuando trajeron la cuenta, ella hizo por sacar su monedero. Le detuve la mano suavecito.
— Hoy invita la casa, jefa —le dije—. Gracias a usted por salvarme la noche.
Quiso alegar, claro, como buena madre mexicana. Pero luego se me quedó viendo a los ojos un buen rato y nomás asintió con la cabeza. Entendió perfectamente: no era por el dinero. Era porque alguien se había quedado ahí, a su lado.
Afuera, en el estacionamiento, ya se sentía el frío de la noche. Se alcanzaba a ver el humo de la respiración.
Doña María me plantó un abrazo bien fuerte. De esos abrazos de abuelita que te acomodan el alma y te hacen sentir que todo va a estar bien.
— ¿Sabes algo, joven? —me dijo, viéndome directo a los ojos—. Entré a este lugar sintiéndome invisible… y me voy de aquí como una reina.
— Feliz cumpleaños, Doña María —le contesté.
Me esperé a que se subiera a su carro y arrancara. Luego me quedé unos segundos en el mío, sin mover un solo dedo.
Me acordé de mi mamá. Llevaba dos semanas sin marcarle. Y no por falta de ganas… sino porque los hijos siempre tenemos la tonta idea de que nos queda un chorro de tiempo.
Saqué el celular y le marqué luego luego.
— Hola, jefa —le dije—. Nomás quería escuchar tu voz.
Doña María me recordó una cosa bien simple: a veces, lo único que hace falta para salvar a alguien es arrimar una silla y tener una plática de corazón.
Nadie debería pasar su cumpleaños en la soledad.