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secretos de cocina

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IBA A PRESIONAR EL BOTÓN DE PÁNICO CUANDO EL HOMBRE DE LOS TATUAJES SE BRINCÓ LA FILA DE LA FARMACIA. LO QUE LE DIJO A LA ANCIANA QUE CONTABA MONEDAS NOS DEJÓ LLORANDO A TODOS.

rabieonJune 11, 2026

Tengo 40 años y llevo más de diez trabajando como encargada de turno en una farmacia de cadena que está abierta las veinticuatro horas.

En este trabajo una aprende a leer a la gente desde que cruza la puerta de cristal. La noche del jueves pasado hacía un frío terrible y la farmacia estaba colapsada de gente enferma y de mal humor.

En la caja principal estaba doña Esther, una señora de unos setenta y tantos años, muy humilde, con un rebozo gastado. Llevaba en el mostrador dos cajas de insulina para su esposo diabético.

El total era de ochocientos cincuenta pesos. La pobre señora vació un monedero de tela sobre el vidrio y empezó a contar monedas de diez y billetes arrugados de veinte, pero sus manos temblorosas no le daban abasto. Le faltaban casi trescientos pesos.

Detrás de ella en la fila estaba una mujer de unos cuarenta años, vestida con un abrigo carísimo, bolsas de diseñador y golpeando su tarjeta de crédito contra su celular. Al ver que la anciana se tardaba, la mujer perdió la paciencia y le gritó frente a toda la farmacia:

“Oiga, señora, si no le alcanza el dinero deje las medicinas y hágase a un lado. Los demás venimos cansados de trabajar, tenemos prisa y no vamos a perder el tiempo esperando a que junte sus limosnas. Qué falta de respeto”.

Doña Esther se encogió de hombros, muerta de la vergüenza, y con los ojos llenos de lágrimas empezó a recoger sus moneditas despacio para devolver la insulina.

Yo sentí un coraje inmenso, pero antes de poder decirle algo a la mujer del abrigo, las puertas de la farmacia se abrieron de golpe.

Entró un hombre alto, de unos treinta y cinco años. Llevaba botas de trabajo llenas de grasa, una chamarra negra de cuero desgastada y el cuello y las manos completamente cubiertos de tatuajes oscuros.

Tenía una cicatriz en la mandíbula y una mirada dura que imponía miedo. Pasó por la puerta, ignoró los pasillos y caminó directamente hacia la caja, saltándose a toda la gente.

Mi instinto de cajera me hizo tragar saliva y poner la mano debajo del mostrador, justo sobre el botón de pánico para llamar a la policía. Pensé que nos iba a asaltar.

El hombre se paró junto a la mujer del abrigo caro, la miró de arriba abajo con una frialdad que congelaba, y luego se acercó al mostrador de doña Esther. Metió la mano en su chamarra y sacó un billete de mil pesos.

Lo puso sobre el vidrio, justo encima de las moneditas de la anciana.

—Cobre las dos cajas de insulina y déle el cambio a la jefa —me ordenó con una voz gruesa que retumbó en el local.

La mujer del abrigo se ofendió, cruzó los brazos y le dijo con asco: “Qué, ¿te crees muy héroe brincándote la fila?”.

El hombre ni siquiera la volteó a ver. Solo le contestó: “La prisa no le quita lo miserable, señora. Si tanto le estorba la gente humilde, vaya a comprar a otro lado”.

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