—Cuando perdí el trabajo, pensé que ya no servía para nada. Tú me repetías que no era verdad, pero yo no podía creerte.
Se volvió hacia los gatos.
—Tal vez ese hombre siente algo parecido. Quizá piensa que les falló porque ya no pudo cuidarlos.
Íñigo guardó silencio unos segundos.
—Podemos demostrarle que no los perdió por completo.
Llamamos al refugio al día siguiente.
La visita quedó fijada para el sábado por la mañana.
Mateo vivía en una residencia pequeña situada a unos treinta minutos de nuestra casa. Nos permitieron llevar a los gatos siempre que fueran dentro de un transportín seguro.
No hizo falta preguntar si podían ir juntos.
Ya habíamos aprendido esa lección.
El sábado, a las ocho y cuarto, sacamos el transportín grande del armario.
Brisa apareció de inmediato.
Lo olió, dio dos pasos hacia atrás y miró a Tizón.
Él se acercó más despacio.
Durante un momento temí que recordaran el refugio.
Tizón se quedó quieto delante de la puerta abierta. Brisa rozó su cuerpo contra el suyo.
Después entraron juntos.
En el coche no maullaron.
Brisa permaneció pegada al costado de Tizón. Él apoyó la barbilla sobre su cabeza.
Íñigo conducía con las dos manos firmes sobre el volante.
—¿Estás nervioso? —pregunté.
—Mucho.
—Yo también.
Cuando llegamos, una trabajadora de la residencia nos esperaba en la entrada.
Nos condujo hasta una sala pequeña con dos sillones, una mesa baja y una ventana que daba a un patio interior.
Mateo estaba sentado en uno de los sillones.
Era más delgado de lo que había imaginado. Llevaba una camisa de cuadros demasiado grande y tenía las manos apoyadas sobre un bastón.
Al ver el transportín, intentó levantarse.
La trabajadora le pidió que permaneciera sentado.
Mateo no apartaba la mirada de la puerta metálica.
—¿Son ellos? —preguntó.
Su voz era muy baja.
Íñigo dejó el transportín en el suelo.
Me agaché y abrí la puerta.
Tizón sacó primero la cabeza.
Miró la sala.
Miró a Íñigo.
Después miró a Mateo.
Se quedó completamente inmóvil.
Mateo se llevó una mano a la boca.
—Tizón —susurró.
El gato salió del transportín.
No corrió hacia él.
Caminó despacio, con la cola baja, como si necesitara comprobar que aquel hombre era real.
Mateo extendió una mano temblorosa.
Tizón la olió.
Entonces se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en sus rodillas.
Mateo comenzó a llorar.
Brisa salió detrás.
En cuanto oyó su nombre, saltó al sillón con una agilidad que nunca mostraba en casa.
Se metió bajo el brazo de Mateo y empezó a lamerle la barbilla.
Igual que había limpiado la cara de Tizón en el refugio.
Como si también quisiera tranquilizarlo a él.
Nadie habló durante varios minutos.
Tizón consiguió subir al sillón y se acomodó junto a Mateo. Brisa se tumbó sobre sus piernas.
Mateo acariciaba a uno con cada mano.
—Pensé que me odiaríais —murmuró.
Íñigo se sentó frente a él.
—No creo que sepan hacer eso.
Mateo levantó la mirada.
—Los dejé solos.
—Usted no los dejó solos —respondió Íñigo—. Se puso enfermo.
Mateo negó con la cabeza.
—Debería haberlo organizado mejor.
—Todos creemos que tendremos más tiempo para organizar las cosas.
Íñigo hablaba con una calma que no tenía meses antes.
—Pero ellos están bien. Viven juntos. Duermen juntos. Y Tizón ocupa más de la mitad del sofá.
Mateo sonrió entre lágrimas.
—Siempre lo ha hecho.