La camarera exclamó: «Señor, ¿por qué mi padre aparece en el retrato de su despacho?». — El multimillonario se entristeció de repente.
PARTE 1: EL HOMBRE DEL RETRATO
Lucía Ortega había pasado toda su infancia contemplando el rostro de su padre dentro de una caja de zapatos.
Su madre guardaba allí 7 fotografías: Daniel cargándola cuando era bebé, Daniel reparando una radio, Daniel riéndose junto al lago de Chapala y Daniel con un bolígrafo detrás de la oreja, una costumbre que según su madre nunca pudo corregir.
Lucía tenía 4 años cuando él murió.
Al menos eso había creído durante 20 años.
Aquella noche trabajaba como mesera temporal en una cena privada celebrada en la Torre Vélez, uno de los edificios más modernos de Zapopan. Estudiaba administración por las mañanas y aceptaba cualquier turno que le permitiera pagar los medicamentos de su madre.
Debía llevar una bandeja de café al despacho de Ricardo Vélez, fundador de la empresa tecnológica Nexora.
Ricardo era uno de los hombres más ricos de México. Su compañía desarrollaba sistemas utilizados por bancos, hospitales y empresas de telecomunicaciones en toda América Latina.
Lucía entró en la oficina mientras él hablaba por teléfono.
Entonces vio el retrato.
En la fotografía aparecía un Ricardo mucho más joven frente a una pequeña bodega. A su lado había otro hombre de cabello oscuro, sonrisa amplia y un bolígrafo detrás de la oreja.
La bandeja cayó de sus manos.
Las tazas se rompieron sobre el piso.
Ricardo interrumpió su llamada.
—¿Qué ocurrió?
Lucía señaló el retrato con la mano temblorosa.
—Señor… ¿por qué mi padre aparece en su fotografía?
Ricardo dejó el teléfono sin despedirse.
Miró el retrato y después a Lucía.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía Ortega.
Algo cambió en el rostro del empresario.
—Todos afuera —ordenó.
El personal de seguridad abandonó la oficina. Cuando la puerta se cerró, Ricardo caminó hacia ella.
—¿Cómo se llamaba tu padre?
—Daniel Ortega. Murió cuando yo tenía 4 años, en un accidente en el lago de Chapala.
Ricardo permaneció en silencio.
—Siéntate, por favor.
—No quiero sentarme. Quiero una respuesta.
Él abrió un cajón y sacó una carpeta desgastada.
—Tu padre no era mecánico.
Lucía frunció el ceño.
—Trabajaba en un taller de Tlaquepaque.
—Eso fue lo que te dijeron. Daniel era ingeniero en sistemas. Nexora comenzó con él y conmigo dentro de esa bodega.
Ricardo sacó otra fotografía. En ella, los 2 hombres escribían fórmulas en un pizarrón.
—Yo conseguía inversionistas. Tu padre construía la tecnología. En 2001 creó un sistema para comprimir y transferir información en tiempo real. Hoy ese sistema sostiene contratos valuados en miles de millones.
Lucía recordó el departamento pequeño donde había crecido. La llave del lavabo llevaba 3 años goteando porque nunca tuvieron dinero para repararla.
—¿Por qué nunca escuché su nombre?
Ricardo colocó un contrato sobre el escritorio.
Daniel figuraba como propietario del 40 % de la patente original.
—Porque desapareció antes de que la empresa comenzara a crecer.
—Murió.
—No hubo accidente.
Lucía sintió un escalofrío.
—Mi madre dijo que la policía encontró su lancha.
—No encontraron embarcación, cuerpo ni evidencia. Solo una denuncia de desaparición que fue cerrada 6 semanas después.
—¿Usted no investigó?
—Contraté a 2 investigadores y busqué durante meses. Después tu madre aseguró que Daniel había muerto. Todos me dijeron que debía aceptarlo.
Lucía volvió a mirar el retrato.
—Está ocultando algo.
Ricardo sacó un sobre.
—Hace 6 meses comencé a recibir cartas.
Dentro había una hoja escrita a mano.
Lucía reconoció la inclinación de las letras aunque nunca había visto una carta de su padre. Era como recordar una melodía escuchada durante la infancia.
El mensaje decía:
“Ellos nunca estuvieron detrás de mí. Querían lo que construí. Todavía viven de ello. Cuando Gustavo se retire, será demasiado tarde”.
La firma era una sola palabra:
“Daniel”.
—¿Cuántas recibió?
—7. Llegaron desde Jalisco, Zacatecas, Durango y Nayarit. Las comparé con documentos antiguos. La posibilidad de que otra persona las escribiera es mínima.
—Entonces usted cree que está vivo.
—Creo que alguien se aseguró de que desapareciera.
Ricardo explicó que un investigador había intentado rastrear las cartas. Días después alguien entró en su automóvil, destruyó su computadora y dejó una fotografía de sus hijos.