—La advertencia fue clara —dijo—. Quien hizo esto todavía vigila.
Lucía salió de la torre y condujo directamente al departamento de su madre.
Teresa Ortega estaba en la cocina resolviendo un crucigrama.
Lucía colocó la carta sobre la mesa.
—Mamá, dime la verdad.
Teresa leyó la firma.
El lápiz cayó de sus manos.
—¿Dónde encontraste esto?
—En la oficina de Ricardo Vélez. ¿Mi papá está vivo?
Teresa cerró los ojos.
Durante 20 años había aprendido a controlar su rostro, pero aquella noche ya no tuvo fuerzas.
—Sí.
Lucía sintió que el aire abandonaba la habitación.
—Me dijiste que había muerto.
—Prometí no hablar.
—¿A quién?
—A Gustavo Correa.
Gustavo era vicepresidente de Nexora, miembro del consejo administrativo y amigo de Ricardo desde la fundación de la empresa.
Teresa contó que, 3 días después de la desaparición de Daniel, Gustavo llegó acompañado por 2 hombres.
Le mostró fotografías de Lucía saliendo del kínder.
—Dijo que tu padre había descubierto un fraude. Si Daniel regresaba o yo acudía a la policía, te desaparecerían a ti también.
—¿Papá decidió abandonarnos?
—Se marchó para salvarte. Me llamó una sola vez. Dijo que debía permanecer oculto hasta conseguir pruebas. Después no volví a escucharlo.
—¿Y dejaste que yo creyera que estaba muerto?
Teresa comenzó a llorar.
—Cada año quise decirte la verdad. Pero Gustavo enviaba una fotografía nueva: tu escuela, tu universidad, nuestro edificio. Siempre sabía dónde estábamos.
Lucía se puso de pie.
La compasión y la rabia chocaban dentro de ella.
—¿Por qué papá envía cartas ahora?
Teresa secó sus lágrimas.
—Porque Gustavo anunció que se retirará del consejo el próximo mes. Cuando salga de Nexora, podrá quedarse legalmente con todo lo que robó.
Lucía llamó a Ricardo.
—Mi padre está vivo —dijo—. Y su vicepresidente lleva 20 años cobrando el dinero que le pertenece.
Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.
—Regresa a la torre —respondió Ricardo—. Encontramos una propiedad.