PARTE 2: LA FORTUNA CONSTRUIDA SOBRE UNA DESAPARICIÓN
Cuando Lucía llegó, Ricardo había convertido la sala de juntas en un centro de investigación.
Había contratos, movimientos bancarios y mapas sobre la mesa.
Mauricio Galván, un exagente federal contratado por Ricardo, explicó que las regalías de la patente de Daniel habían sido transferidas durante 18 años a una empresa llamada Activos Estratégicos del Pacífico.
La compañía pertenecía a Gustavo Correa.
Había acumulado más de 700,000,000 de pesos.
—Mi madre trabajó 2 empleos —dijo Lucía—. Hubo días en que solo cenamos frijoles porque no alcanzaba para más.
Ricardo bajó la mirada.
—Mientras tanto, Gustavo se enriqueció con el invento de Daniel.
Mauricio mostró un memorando fechado 2 meses antes de la desaparición. Gustavo preguntaba qué ocurriría con las acciones de Daniel si este quedaba “incapacitado para cumplir sus obligaciones”.
También encontraron un pago a un funcionario municipal encargado de la investigación.
El expediente fue cerrado 12 días después de recibir el dinero.
—Lo planeó todo —murmuró Lucía.
—No exactamente —respondió Ricardo—. Creo que quería obligar a tu padre a vender su participación. Daniel escapó antes de que pudieran controlarlo.
Mauricio colocó un mapa sobre la mesa.
Una cabaña cerca de Tapalpa había sido comprada mediante una empresa vinculada con Gustavo. Los recibos mostraban consumo constante de luz y agua.
—Las últimas cartas contienen referencias a un libro que Daniel y yo leíamos cuando iniciamos la compañía —explicó Ricardo—. El nombre utilizado para registrar la propiedad es casi idéntico al de uno de los personajes.
—Mi padre quiere que lo encontremos.
Salieron antes del amanecer.
Durante el trayecto, Lucía recibió una llamada de Teresa.
—No vayas —suplicó su madre—. Gustavo es peligroso.
—Pasamos 20 años teniendo miedo.
—Eso nos mantuvo vivas.
—También mantuvo a papá solo.
Al acercarse a Tapalpa, Mauricio recibió información urgente.
Gustavo había salido de Guadalajara 3 horas antes. Su vehículo avanzaba hacia la misma zona.
—Sabe que estamos investigando —dijo Ricardo.
—Entonces llegará primero —respondió Lucía.
La cabaña estaba rodeada de pinos. Había humo saliendo de la chimenea y una camioneta negra estacionada frente al porche.
La puerta se encontraba abierta.
Ricardo pidió esperar a la policía, pero Lucía ya caminaba hacia la entrada.
Dentro escuchó 2 voces.
—Tienes que firmar —decía Gustavo—. Después podrás marcharte.
—Llevas 20 años repitiendo esa mentira —respondió un hombre mayor.
Lucía cruzó la puerta.
Vio una mesa, una estufa de leña y paredes cubiertas con libros. Junto a una ventana estaba Gustavo Correa, elegante incluso en medio del bosque.
Frente a él había un hombre de cabello blanco.
Era más delgado que en las fotografías, pero conservaba el mismo hoyuelo y los ojos ligeramente separados.
Daniel Ortega miró a Lucía.
El tiempo pareció detenerse.
—Lucía —susurró.
Ella nunca había escuchado su nombre pronunciado de aquella manera. Sonó como una palabra repetida en habitaciones vacías durante 20 años para no olvidarla.
Gustavo se interpuso.
—Esta es una conversación privada.
—Dejó de serlo cuando amenazaste a una niña de 4 años —respondió Lucía.
Ricardo entró detrás de ella.
—Pagaste para cerrar el expediente de Daniel. Robaste sus regalías y amenazaste a su familia.
Gustavo sostuvo un teléfono.
—Todo puede explicarse legalmente. Daniel abandonó sus obligaciones. La empresa habría colapsado si yo no intervenía.
—La empresa existe porque él construyó la tecnología —dijo Ricardo.
—Él quería compartirla con universidades. No entendía su valor comercial.
Daniel dio un paso.
—Entendía perfectamente su valor. Por eso quería impedir que la convirtieras en un monopolio.
Gustavo tocó la pantalla de su teléfono.
—Tengo abogados que pueden retrasar esto durante décadas.
Lucía miró a su padre.
Había imaginado aquel encuentro miles de veces, pero en ninguna versión existían palabras suficientes.
—¿Por qué no regresaste?
Daniel no intentó defenderse.