La humillaron en la notaría, sin saber que la cláusula 17 hundiría a toda su familia.
—Ríanse todo lo que quieran —dijo Mariana Robles, abrazando una carpeta verde contra el pecho—. Antes de que termine esta reunión, ninguno de ustedes estará sonriendo.
Durante un segundo, el salón principal de la notaría quedó en silencio.
Después comenzaron las carcajadas.
Su tía Beatriz fue la primera. Se llevó una mano al collar de perlas y miró a los demás como si Mariana acabara de contar el mejor chiste de la mañana.
—Siempre tan dramática —comentó—. Por eso nunca pudiste encajar en esta familia.
Rodrigo, el primo mayor de Mariana, golpeó la mesa mientras reía.
—Tal vez quiere vendernos libros para pagar los gastos del funeral.
Incluso algunos familiares que apenas conocían a Mariana sonrieron por compromiso.
Su padre, Ricardo Robles, permaneció sentado al otro extremo de la mesa. No se rió, pero tampoco la defendió. Bajó la mirada hacia los documentos y fingió revisar su teléfono.
Aquella indiferencia dolió más que las burlas.
Mariana tenía 29 años y era propietaria de una pequeña librería en Coyoacán llamada La Casa de las Palabras. Estudió literatura y rechazó todos los puestos que su apellido podía haberle conseguido dentro del Grupo Robles, una de las compañías inmobiliarias más poderosas de México.
Por esa decisión, la familia la consideraba una fracasada.
Su abuelo, don Joaquín Robles, había construido el grupo desde cero. Comenzó vendiendo materiales de construcción en Puebla y terminó siendo dueño de hoteles, centros comerciales, terrenos, edificios de oficinas y complejos residenciales en varias ciudades.
Su patrimonio superaba los 3 mil millones de pesos.
Había muerto 4 días antes, a los 84 años.
Durante el funeral todos hablaron de unidad, legado y amor familiar. Sin embargo, en la notaría ya nadie fingía. Habían llegado vestidos de negro, pero pensaban en escrituras, acciones y cuentas bancarias.
El notario, don Álvaro Treviño, acomodó sus lentes y observó a los presentes.
—Procederemos con la lectura de la última voluntad del señor Joaquín Robles Serrano.
Sobre la mesa descansaban 6 sobres sellados. Uno de ellos era negro, con las iniciales JR grabadas en dorado.
Mariana no podía dejar de mirarlo.
Dos semanas antes de morir, Joaquín la llamó a su residencia en Las Lomas. Ella lo encontró sentado junto a una ventana, cubierto con una manta gris y contemplando la lluvia.
—El dinero no destruye a una familia —le dijo—. Solo le quita la máscara.
Mariana tomó su mano.
—No hables así. El médico dijo que todavía puedes responder al tratamiento.
Joaquín sonrió.
—Los médicos también dijeron que debía descansar, y llevo 60 años ignorando consejos sensatos.
Después señaló la carpeta verde que estaba sobre su escritorio.
—Cuando llegue el momento, llévala contigo.
—¿Qué contiene?
—Lo necesario para recordar quién eres cuando todos intenten convencerte de lo contrario.
Mariana quiso preguntar más, pero una enfermera entró para administrarle un medicamento. Antes de que ella saliera de la habitación, Joaquín la llamó.
—Prométeme que no dejarás que vendan la fundación.
—Te lo prometo.
Fue la última conversación que tuvieron.
La lectura comenzó con bienes menores. Beatriz recibió una casa en Cuernavaca. Rodrigo obtuvo una colección de automóviles antiguos. Ricardo recibió un departamento en Polanco y algunas inversiones.
Las sonrisas crecieron.
Después, don Álvaro tomó un sobre más grueso.
—Este documento fue entregado personalmente por don Joaquín hace 7 meses. Debía abrirse únicamente con todos los herederos presentes.
—Entonces deje de crear suspenso —dijo Beatriz—. No estamos viendo una telenovela.
El notario rompió el sello.
Leyó en silencio la primera página. Su expresión se volvió seria.
—A mi nieta Mariana Robles…
Rodrigo soltó una risa.
—Seguro le dejó la biblioteca.
—…le encomiendo la ejecución y vigilancia de mi última voluntad. Ningún bien principal podrá repartirse sin que ella certifique el cumplimiento de todas las condiciones establecidas en este testamento.
Las risas se apagaron.
Ricardo levantó la mirada.
—¿Mi hija tendrá autoridad sobre la distribución?
—Tendrá la responsabilidad de verificar el cumplimiento —aclaró el notario—. No podrá cambiar las cantidades ni apropiarse de bienes que no le correspondan.
Beatriz se inclinó hacia Mariana.
—¿Cuánto le pagaste para convencerlo?
—Tía, acaba de morir tu padre.
—Y tú ya estás usando su muerte para sentirte importante.
Mariana respiró profundamente.
—Ríanse todo lo que quieran. Antes de que termine esta reunión, ninguno de ustedes estará sonriendo.
Rodrigo volvió a burlarse.
—La pobre librera cree que ahora es presidenta.
Don Álvaro continuó leyendo.
La empresa no podría venderse durante 8 años. Los trabajadores con más de 15 años de antigüedad conservarían sus empleos. Los proyectos de vivienda social seguirían activos. La Fundación Horizonte, creada para financiar escuelas y bibliotecas en comunidades rurales, mantendría su presupuesto completo.
Rodrigo bostezó.
—Todo eso puede cambiarse cuando tomemos el control.
—No —respondió el notario—. Las condiciones están protegidas por fideicomisos.
Beatriz cruzó los brazos.
—Mi padre estaba enfermo. No entendía lo que firmaba.
—Cada documento fue certificado por 3 especialistas independientes. Su capacidad mental fue evaluada el mismo día.
Don Álvaro pasó varias páginas hasta llegar a una hoja más gruesa.
En la parte superior decía:
“Cláusula 19”.
El notario se quedó callado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ricardo.
Don Álvaro miró directamente a Mariana.
—Esta disposición es extraordinaria.
—Léala —ordenó Beatriz.