El notario acomodó sus lentes.
—“Cualquier heredero que humille, amenace, presione, desacredite o intente excluir a la ejecutora testamentaria perderá inmediatamente su derecho sobre la totalidad de la herencia”.
Nadie se movió.
Beatriz fue la primera en reaccionar.
—Eso es ridículo.
—La cláusula continúa —dijo don Álvaro—. “También se considerarán las acciones realizadas durante la lectura del testamento y todos los actos ocurridos desde mi fallecimiento”.
Rodrigo se puso de pie.
—No puede castigarnos por una conversación.
El notario señaló discretamente las cámaras de seguridad del salón.
—Esta reunión está siendo grabada por instrucción de don Joaquín.
Beatriz palideció.
Mariana sintió un nudo en el estómago. Tampoco sabía que aquella cláusula existía.
Don Álvaro colocó una memoria USB sobre la mesa.
—El señor Robles dejó instrucciones para reproducir este archivo si alguien cuestionaba la validez de la disposición.
La pantalla del salón se encendió.
Apareció Joaquín sentado en su despacho. Se veía más fuerte que durante sus últimos días.
—Si están viendo esta grabación —dijo—, significa que mi familia comenzó a comportarse exactamente como esperaba.
Beatriz apretó los labios.
—Conozco a cada uno de ustedes. Sé quién me visitaba porque me amaba y quién preguntaba por mi salud solo para calcular cuánto tiempo me quedaba.
Las imágenes cambiaron.
Apareció un video de una comida familiar. Rodrigo reía mientras levantaba una copa.
—Mariana desperdició el apellido Robles vendiendo libros usados.
En otra grabación, Beatriz decía:
—La muchacha nació sin ambición. Con suerte terminará atendiendo una papelería.
Después apareció Ricardo durante una reunión con empresarios.
—Mi hija eligió una vida mediocre. Ya no representa los intereses de nuestra familia.
Mariana bajó la mirada.
Recordaba aquella frase.
Lo que no sabía era que su abuelo también la había escuchado.
Pero el video más grave todavía no había aparecido.
La pantalla mostró el despacho de Joaquín, 5 meses antes de su muerte. Beatriz, Rodrigo y Ricardo conversaban alrededor de una mesa.
—En cuanto papá muera, venderemos los terrenos de la fundación —decía Beatriz—. Solo el de Oaxaca vale más de 200 millones.
—También debemos despedir a la mitad del personal —agregó Rodrigo—. Hay empleados que llevan décadas cobrando sin producir lo suficiente.
Ricardo permanecía de pie junto a la ventana.
—Primero tenemos que asegurarnos de que Mariana no interfiera. El viejo confía demasiado en ella.
—Podemos ofrecerle dinero —propuso Beatriz.
—No lo aceptará —respondió Ricardo—. Pero puedo presionarla. Sigue siendo mi hija.
La grabación terminó.
Mariana miró a su padre.
Ricardo no pudo sostenerle los ojos.
Joaquín volvió a aparecer en la pantalla.
—La cláusula 19 no existe para castigar bromas antiguas. Existe para descubrir quién continúa dispuesto a destruir a otros por dinero.
La pantalla quedó negra.
Don Álvaro abrió el sobre negro.
—Debo informarles que la cláusula ya fue activada.
Beatriz se levantó tan rápido que su silla cayó hacia atrás.
—¡Esto es una trampa!
—No —respondió don Álvaro—. Es una condición testamentaria que usted conoció después de haber realizado exactamente la conducta prohibida.
—Solo hice comentarios.
—Llamó oportunista a la ejecutora, cuestionó su honestidad y la acusó de manipular a su padre.
—Estaba alterada.
—La cláusula no diferencia entre un insulto tranquilo y uno pronunciado durante un momento de enojo.