El notario sacó una resolución previamente redactada.
—Beatriz Robles pierde todos los derechos hereditarios. La casa de Cuernavaca, las acciones y las inversiones que le correspondían pasarán a la Fundación Horizonte.
Beatriz se dejó caer sobre la silla.
Durante meses había hablado de remodelar aquella casa. Incluso había contratado a un arquitecto antes de que Joaquín muriera.
—No pueden hacerme esto.
Rodrigo señaló a Mariana.
—¡Todo es culpa de ella! Seguramente planeó cada palabra para provocarnos.
Don Álvaro cerró los ojos.
—Señor Rodrigo, acaba de responsabilizar e intimidar a la ejecutora durante el acto sucesorio.
El joven se quedó inmóvil.
—No fue una amenaza.
—La señaló, elevó la voz y la acusó de manipulación sin pruebas.
—¡Retiro lo dicho!
—No puede retirarse un acto ya registrado.
El notario firmó una segunda resolución.
—Queda excluido de la herencia.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Voy a demandarlos a todos!
Dos guardias de seguridad se acercaron.
Mariana observó a su primo y a su tía. No sentía satisfacción. Solo una tristeza profunda.
—Abuelo no quería esto —murmuró.
Don Álvaro la escuchó.
—Su abuelo esperaba que alguien eligiera detenerse antes de cruzar el límite.
Ricardo seguía en silencio.
Había perdido a su hermana y a su sobrino en menos de 10 minutos. Pero lo que más lo atormentaba era la grabación donde hablaba de presionar a su propia hija.
Don Álvaro regresó al sobre negro.
—Todavía falta una segunda disposición.
La pantalla se encendió nuevamente.
Joaquín apareció con una carpeta sobre las piernas.
—Probablemente piensen que esto es una venganza —dijo—. No lo es. Mi propósito es proteger a las personas que ustedes consideran números.
Respiró con dificultad antes de continuar.
—Construí Grupo Robles con empleados que confiaron en mí cuando solo tenía un almacén y una camioneta vieja. No permitiré que sus años de trabajo sean vendidos para financiar caprichos.
Después sonrió levemente.
—Mariana fue la única persona de esta familia que jamás me pidió un solo peso. Cuando todos querían hablarme de contratos, ella me llevaba novelas. Cuando estaba enfermo, no preguntaba por mis acciones. Preguntaba si tenía miedo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Mariana.
—La verdadera riqueza no está en las cuentas bancarias. Está en cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos nada.
El video terminó.
Don Álvaro explicó que la mayor parte del patrimonio quedaría bajo la administración de un consejo independiente. Mariana recibiría una participación suficiente para vivir con tranquilidad, pero no tendría control absoluto sobre el grupo.
Su tarea sería proteger los empleos, supervisar la fundación y garantizar el cumplimiento del testamento.
Ricardo levantó la vista.
—¿Entonces ninguno controlará la empresa?
—Exactamente —respondió el notario—. Don Joaquín no quería sustituir a una familia ambiciosa por un solo heredero con demasiado poder.
Mariana abrió la carpeta verde.
Dentro encontró cartas dirigidas a trabajadores, informes sobre escuelas financiadas por la fundación y una lista de proyectos que Joaquín deseaba proteger.
También había una carta para ella.
“Nieta:
No te elegí porque seas perfecta. Te elegí porque sabes escuchar antes de decidir. Pero recuerda algo: proteger mi legado no significa destruir a tu familia.
La cláusula castigará a quienes no sepan detenerse.