PARTE 2: ELLA TERMINÓ LA RELACIÓN PARA EVITAR QUE ÉL LA ABANDONARA
Valeria citó a Diego en una cafetería.
Cuando él llegó, ella estaba sentada junto a una taza intacta, apretando las manos alrededor de la porcelana.
—Me ofrecieron ser jefa de enfermería.
Diego sonrió.
—¡Valeria, eso es increíble!
—Voy a aceptarlo.
—Claro que vas a aceptarlo. Trabajaste años para conseguirlo.
Pero ella siguió hablando, como si no hubiera escuchado.
—Tendré más turnos nocturnos, fines de semana y llamadas de emergencia. Cancelaré planes. Estaré cansada. No puedo darte una relación normal.
—Nunca te pedí una relación normal.
—Al principio dirás que no importa. Después te cansarás.
La sonrisa de Diego desapareció.
—¿Qué estás diciendo?
Valeria tragó saliva.
—Creo que debemos terminar antes de hacernos más daño.
Él permaneció inmóvil.
—Ni siquiera me permitiste felicitarte.
—Lo siento.
Aquella disculpa fue distinta. Sonó como una puerta cerrándose.
—¿Qué hice para que pienses que reaccionaré como Ricardo?
—Nada. Ese es el problema. Has sido demasiado bueno y no quiero esperar hasta que descubras que no valgo tanto esfuerzo.
Diego se inclinó hacia ella.
—No decidas lo que siento por mí.
Valeria se levantó.
—No puedo hacer esto ahora.
—Entonces, ¿vas a marcharte sin escucharme?
—Perdón.
Salió de la cafetería.
Durante 2 semanas no respondió sus mensajes.
Aceptó el ascenso y se enterró en el trabajo. Tomaba turnos extra, resolvía los casos más difíciles y regresaba a casa demasiado agotada para pensar.
Diego intentó respetar la distancia.
Pero cada noche encontraba el silencio de su casa más pesado.
Extrañaba sus notas de voz, sus historias del hospital y la manera en que Valeria lo miraba como si aún esperara que desapareciera.
Una madrugada, una tormenta azotó Monterrey.
Los rayos derribaron postes y dejaron varias colonias sin electricidad. Diego recibió una llamada urgente: el sistema secundario de energía del Hospital San Gabriel había fallado.
Subió a su camioneta con el equipo.
Al llegar, descubrió que el generador alimentaba las áreas principales, pero el cableado del antiguo edificio pediátrico estaba sobrecargado. Las lámparas parpadeaban. Varias máquinas funcionaban con baterías de emergencia.
—Tenemos menos de 40 minutos antes de perder equipos esenciales —informó un administrador.
Diego organizó a sus trabajadores.
—Revisen la línea norte. Yo entraré al tablero principal.
Mientras avanzaba por el corredor, escuchó una voz dando órdenes.