Una lágrima recorrió la mejilla de Valeria.
—Me enamoré de la mujer que cuida a todos y olvida comer. De la que se queda cuando otros necesitan ayuda. De la que cree que es demasiado complicada solo porque antes estuvo con un hombre incapaz de valorar lo que daba.
—Estoy cansada de pedir perdón —confesó ella—. Cansada de creer que debo elegir entre el trabajo que amo y la posibilidad de que alguien me quiera.
Diego tomó su mano.
—Entonces deja de disculparte por tener ambición. No necesito que reduzcas tu vida para caber en la mía. Quiero construir una vida suficientemente grande para los 2.
Valeria comenzó a llorar de verdad.
Apoyó la frente contra su pecho y sujetó su chamarra.
—Arruiné todo.
—Un poco.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
—Pero podemos arreglarlo —continuó Diego—. La próxima vez que tengas miedo, háblame. No te marches antes de darme la oportunidad de quedarme.
—¿Y si algún día te cansas?
—Entonces te lo diré. Pero será mi decisión, no la voz de Ricardo hablando dentro de tu cabeza.
Valeria respiró profundamente.
—Sigo siendo complicada.
—Y yo sigo trabajando demasiado.
—A veces dormiré durante nuestras citas.
—Compraré películas con finales fáciles de adivinar.
Ella lo miró por un largo momento.
—Está bien.
No fue una gran declaración.
Solo 2 palabras pronunciadas bajo un cielo gris, después de una noche en que ambos habían trabajado para mantener encendidas vidas ajenas.
Pero fueron suficientes.
4 meses después, Valeria seguía llegando tarde. La diferencia era que ya no enviaba mensajes llenos de disculpas.
“Salgo 30 minutos tarde. Llevo tacos.”
Diego respondía:
“Maneja con cuidado. Aquí estaré.”
Ella se convirtió en una excelente jefa. Los médicos confiaban en sus decisiones, las enfermeras jóvenes acudían a ella durante los casos difíciles y la dirección del hospital reconoció su liderazgo.
Diego aprendió a acompañarla sin intentar rescatarla de la vida que había elegido. Le llevaba comida durante los turnos largos, arreglaba pequeñas cosas en su departamento y descubrió cuándo debía hablar y cuándo bastaba sentarse a su lado.
No eran una pareja perfecta.
Algunas semanas solo se veían 2 veces. En ocasiones, su única cita era un desayuno rápido antes de que Diego iniciara su jornada.
Pero ninguno tenía que fingir.
1 año después de la tormenta, el hospital inauguró una nueva área de urgencias. La empresa de Diego realizó toda la instalación eléctrica, mientras Valeria ayudó a diseñar el flujo de atención.
Durante la ceremonia, Jimena se acercó a ellos.
—Yo sabía que funcionarían.
—Casi no funcionamos —respondió Valeria.
—Pero funcionamos —dijo Diego.
Aquella noche cenaron pizza en la sala del departamento que acababan de rentar juntos.
Valeria seguía con uniforme. Diego revisaba la lista de materiales del día siguiente.
Sobre la mesa había 2 platos, una botella de agua y las llaves de ambos.
Nada parecía perfecto.
Pero Valeria ya no miraba su uniforme como algo por lo que debía disculparse.
Era la prueba de quién era: fuerte, ambiciosa, agotada y profundamente entregada a los demás.
Diego no quería cambiar ninguna de aquellas cosas.
Solo quería ser el hombre que continuara allí cuando ella llegara tarde, cuando se quedara dormida en el sofá o cuando el viejo miedo intentara convencerla de que era demasiado difícil de amar.
Porque la persona correcta no te obliga a escoger entre tus sueños y el amor.
La persona correcta te mira exactamente como eres y dice:
—No te hagas más pequeña. Yo me quedo.