Me casé con un viudo y creí que sus hijas necesitaban una madre, hasta que una de ellas reveló quién vivía realmente detrás de la puerta del sótano
PARTE 1
Cuando Mariana conoció a Daniel, él parecía un hombre roto que hacía todo lo posible por seguir adelante.
Era arquitecto, tenía 38 años y criaba solo a sus 2 hijas: Renata, de 6, y Sofía, de 4. Según contó, su esposa Verónica había muerto 3 años antes en un accidente automovilístico en la carretera México–Cuernavaca.
Mariana no quiso reemplazar a nadie.
Se acercó a las niñas con paciencia, preparándoles hot cakes los domingos, ayudándolas con sus dibujos y acompañándolas a los festivales del kínder. Poco a poco, Renata empezó a buscar su mano al cruzar la calle y Sofía comenzó a dormirse sobre su hombro.
Después de 1 año de noviazgo, Daniel le propuso matrimonio.
Celebraron una boda pequeña junto al lago de Valle de Bravo. Solo asistieron familiares cercanos, algunos amigos y las niñas, que caminaron delante de Mariana lanzando pétalos blancos.
Todo parecía perfecto.
Sin embargo, cuando Mariana se mudó a la casa de Daniel, descubrió algo extraño.
Al fondo del pasillo, detrás de la cocina, había una puerta de madera con 2 cerraduras. Daniel siempre llevaba las llaves en el bolsillo y jamás abría aquella puerta cuando ella estaba presente.
—Es el sótano —explicó él—. Está lleno de muebles viejos, herramientas y cosas peligrosas. No quiero que las niñas bajen y se lastimen.
La respuesta sonó lógica.
Aun así, Renata y Sofía miraban aquella puerta de una manera que inquietaba a Mariana. No parecía curiosidad. Parecía familiaridad.
Una mañana, Daniel salió temprano para supervisar una obra en Santa Fe. Las niñas tenían fiebre ligera, así que Mariana se quedó en casa cuidándolas.
Pero al mediodía ya corrían por todas partes jugando a las escondidas.
Renata apareció junto a Mariana y le susurró:
—¿Quieres conocer a mi mamá?
Mariana sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—Cariño, tu mamá está en el cielo.
La niña frunció el ceño.
—No. Vive abajo. Papá dice que no debemos contarle a nadie, pero ahora tú también eres de la familia.
Renata la tomó de la mano y la llevó hasta la puerta del sótano.
—Podemos invitarla a jugar. Antes le gustaba esconderse con nosotras.
Mariana buscó una horquilla en su cabello. Después de varios intentos, la cerradura cedió.
La puerta se abrió con un crujido.
Un olor a cemento húmedo, flores marchitas y aire encerrado invadió el pasillo. Mariana encendió la luz y comenzó a bajar, obligando a las niñas a permanecer detrás de ella.
Al final de las escaleras encontró una habitación completamente amueblada.
Había una cama, vestidos colgados, dibujos infantiles y un enorme retrato de Verónica rodeado de veladoras.
Pero lo que hizo temblar a Mariana fue el cuaderno abierto sobre una mesa.
En la primera página había horarios, fotografías suyas tomadas a escondidas y una frase escrita por Daniel:
“Mariana está casi lista. Cuando aprenda a ser como Verónica, podrá ocupar su lugar definitivamente”.
Entonces escuchó que la puerta del sótano se cerraba arriba.
Y la voz de Daniel retumbó desde las escaleras:
—Te dije que nunca entraras aquí.