PARTE 2
Mariana levantó la mirada lentamente.
Daniel descendía los escalones con el rostro rígido. Ya no parecía el hombre amable que preparaba chocolate caliente para sus hijas ni el esposo que le había prometido una vida tranquila frente al lago.
En una mano llevaba las llaves.
En la otra, el teléfono de Mariana.
—Dejaste esto en la cocina —dijo—. Qué mala suerte, ¿no?
Mariana colocó a las niñas detrás de ella.
—Renata dijo que su mamá vivía aquí.
Daniel miró a su hija mayor con una furia silenciosa.
La niña bajó la cabeza y abrazó a Sofía.
—Son pequeñas —respondió él—. Confunden los recuerdos con la realidad.
—¿Y también imaginaron este cuarto? ¿Mis fotografías? ¿Los horarios donde anotas cuándo salgo, cuándo hablo con mi hermana y cuánto tiempo paso con las niñas?
Daniel avanzó otro escalón.
—Puedo explicarlo.
Mariana tomó el cuaderno y leyó algunas líneas en voz alta.
“Semana 4: ya usa el perfume de Verónica.”
“Semana 11: convenció a Sofía de llamarla mamá.”
“Semana 23: todavía se resiste a cortarse el cabello.”
“Después de la boda será más fácil aislarla.”
Mariana sintió náuseas.
Recordó todas las veces que Daniel le había regalado ropa diciendo que cierto color le quedaba hermoso. El perfume que había aparecido misteriosamente sobre su tocador. Las constantes críticas a su cabello largo.
También recordó cómo él se molestaba cuando ella visitaba a su hermana, Laura.
No había sido amor.
Había sido un proceso de sustitución.
—Nunca quisiste casarte conmigo —dijo Mariana—. Querías fabricar otra Verónica.
Daniel apretó la mandíbula.
—No digas tonterías. Mis hijas necesitaban estabilidad.
—Tus hijas necesitan ayuda. Y yo también, después de descubrir que mi marido lleva meses vigilándome como si fuera un experimento.
—Baja la voz.
—¿O qué?
El silencio fue tan pesado que incluso las niñas dejaron de llorar.
Daniel cerró la mano alrededor de las llaves.
—Verónica era la única persona que sabía mantener unida esta familia. Después del accidente, todo se destruyó. Las niñas no dormían, yo no podía trabajar y la casa se convirtió en un caos.
Señaló el retrato.
—Cuando llegaste, vi una oportunidad. Tenías su misma paciencia. Su misma forma de cuidar a las niñas. Solo necesitabas algunos cambios.
Mariana lo miró con incredulidad.
—¿Me escogiste porque me parecía a ella?
—Al principio, sí.
Aquella confesión dolió más que cualquier insulto.
Durante meses, Mariana había creído que Daniel admiraba su ternura, su sentido del humor y su manera de enfrentar los problemas. Ahora comprendía que él solo había estado comparándola con una mujer muerta.
Pero había algo más perturbador.
Sobre la mesa encontró una carpeta con documentos legales, estados de cuenta y una copia de su póliza de seguro de vida.
El beneficiario era Daniel.
La póliza había sido contratada 12 días después de la boda por una cantidad de 4,000,000 de pesos.
—Yo nunca firmé esto.
Daniel palideció.
—Es parte del seguro familiar.
—Esta firma no es mía.
Mariana hojeó la carpeta y descubrió recetas médicas a su nombre, aunque jamás había consultado a esos doctores. Había medicamentos para ansiedad, insomnio y episodios psicóticos.
También encontró borradores de mensajes dirigidos a su familia.
“Mariana está emocionalmente inestable.”
“Ha comenzado a imaginar cosas.”
“Por seguridad, las niñas no pueden quedarse solas con ella.”
Daniel no solo planeaba convertirla en Verónica.
También estaba preparando pruebas para hacerla parecer enferma si intentaba escapar.