Cuando cuento esta historia siempre hay alguien que me mira raro y pregunta:
—Pará… ¿lo despediste por abandonarte?
Y no.
Lo despedí porque era mal empleado.
Pero voy por partes.
Cuando quedé embarazada, él estaba feliz. O al menos eso parecía. Subía historias diciendo que iba a ser “el mejor papá del mundo”, hacía listas de nombres, le contaba a cualquiera que iba a enseñarle fútbol, bicicleta y no sé cuántas cosas más.
Yo trabajaba en la empresa familiar desde hacía años. Mi padre ya se había retirado y yo dirigía gran parte del negocio. Él entró después, en un puesto administrativo. Nunca le regalé nada: tenía horario, objetivos y supervisor como todos.
Cuando nació nuestra hija… el silencio empezó.
La pediatra habló con tranquilidad, nos explicó estudios, acompañamiento y nos dijo que había indicadores compatibles con síndrome de Down.
Yo estaba procesándolo. No triste por ella. Triste porque entendía que la vida no iba a ser igual a como la había imaginado y tenía miedo de estar a la altura.
Miré a mi hija.
Era preciosa.
Tenía los dedos diminutos y una cara de absoluta indiferencia por el drama de los adultos.
Y él dijo:
—No puedo creer que me haya pasado esto.
Yo pensé que estaba nervioso.
Error.
Durante semanas empezó con comentarios cada vez más absurdos.
—Nuestra vida ya no va a ser normal.
—¿Por qué a nosotros?
—Yo quería otra cosa.
Una noche, mientras yo tenía a la bebé dormida encima, me dijo:
—No sé si puedo con una hija así.
Lo miré.
—¿Una hija así?
—Entendeme…
No, no entendí.
Después vino el comentario que terminó de romper algo.
—Capaz sería mejor separarnos. Yo no estoy preparado para esto.
Yo todavía estaba con puntos de la cesárea.
Le pregunté:
—¿Me estás dejando porque nuestra hija nació con síndrome de Down?
Y respondió:
—No lo digas así.
Ah, claro. Perdón. Qué poco elegante de mi parte.
A la semana se fue.
Se llevó ropa, la consola, una cafetera que ni usaba y dejó una nota larguísima explicando que necesitaba “reencontrarse consigo mismo”.
Nuestra hija tenía dieciocho días.
Yo lloré muchísimo.
Después dejé de llorar.