—Me duele… intentémoslo de nuevo esta noche —susurró la novia virgen—, pero la paciencia del montañés cambió.
PARTE 1
La noche de bodas, Rosa se apartó del hombre al que acababa de jurar obediencia y, temblando de dolor, le suplicó que no la tocara otra vez.
—Me duele… intentémoslo esta noche, por favor.
Ezequiel Montoya quedó inmóvil junto al catre, con el pecho marcado por cicatrices y las manos endurecidas por años de cortar pino en la Sierra de Chihuahua. Rosa cerró los ojos esperando un golpe. En la fábrica de hilados de Puebla había visto a mujeres regresar con moretones por negarse a sus maridos. Además, aquel desconocido había pagado su boleto de tren, la ceremonia y la deuda de la habitación donde ella vivía. En su miedo, eso significaba que ahora le pertenecía.
Pero el golpe nunca llegó.
Ezequiel se levantó, tomó una gruesa cobija de lana y la cubrió hasta el cuello. Después se sentó frente al fogón, dándole la espalda.
—Duerme. Yo cuidaré el fuego.
Un mes antes, Rosa era una huérfana de 24 años que tosía pelusa de algodón y debía 3 meses de renta. Había respondido a un anuncio publicado en un periódico: “Hombre trabajador de la sierra busca esposa honrada. Ofrece casa, comida y respeto”. No esperaba amor. Solo un techo donde no muriera consumida por el polvo de la fábrica.
La boda se celebró en Creel, entre costales de harina y cajas de jabón, con un juez cansado y 2 testigos que apenas levantaron la mirada. Ezequiel, de 35 años, habló poco durante el largo trayecto hasta su cabaña. Era un hombre ancho de hombros, barba oscura y ojos grises, más acostumbrado al silbido del viento que a una conversación.
La casa se levantaba contra una pared de roca, rodeada de pinos y barrancos. Tenía suelo de tierra, una mesa, 2 sillas, provisiones para el invierno y un catre cubierto con pieles. No era el hogar que Rosa había imaginado, pero era más sólido que cualquier lugar donde hubiera dormido.
A la mañana siguiente, despertó sola. Afuera sonaba el golpe seco de un hacha. Ezequiel había pasado la noche sentado.
Rosa encendió la estufa y trató de preparar gorditas de harina. Las primeras quedaron crudas; las siguientes, negras. Cuando intentó sacar el comal, se quemó el pulgar. Ezequiel entró justo cuando el humo llenaba la cabaña.
Ella se quedó rígida.
—Lo siento. Puedo hacer otras. No desperdiciaré más harina.
Ezequiel tomó una gordita quemada, la partió y se la comió sin hacer gesto.
—La estufa calienta más del lado izquierdo. Muévelas a la derecha la próxima vez.
—No tienes que comerlas.
—La harina costó dinero. Y no saben peor que lo que cocinaba yo.
Esa tarde salió a revisar sus trampas y regresó con 2 conejos. Durante la cena, Rosa apenas probó el guiso. Cuando él le ordenó dejar los platos, sintió que la deuda de la noche anterior había vuelto a la mesa.
Sin embargo, Ezequiel sacó un frasco de árnica, se sentó frente a ella y tomó su mano. Limpió la quemadura con una delicadeza inesperada y envolvió el pulgar con una tira de manta.
—No tienes que pedirme perdón por la comida.
Rosa no sabía dónde mirar.
—Firmé un contrato. Tú pagaste por traerme.
—Pagué un boleto y una boda. No compré una prisionera.
Él levantó la vista y sus ojos, por primera vez, dejaron de parecerle de piedra.
—En la montaña, si no confías en quien sostiene la cuerda, ambos terminan en el barranco. Primero tendremos que tejer esa cuerda.
Antes de que Rosa pudiera responder, alguien golpeó la puerta con tanta fuerza que hizo temblar los platos.
Ezequiel abrió. Afuera estaba Tomasa, su hermana mayor, acompañada por un agente municipal y un hombre de traje que sostenía una carpeta roja. Tomasa miró a Rosa como si ya la hubiera declarado culpable.
—Hermano, cometiste el peor error de tu vida. Esa mujer robó 800 pesos en Puebla.
Rosa palideció.
El hombre de traje sacó una orden con su nombre completo y una firma que parecía suya.
—Antes de que amanezca vendrán por ella —dijo—. Y cuando sepan por qué llegó realmente a esta sierra, también perderás estas tierras.
Ezequiel cerró la mano sobre la carpeta, mientras Rosa reconocía algo aterrador: el papel llevaba una frase que solo había escrito en una carta privada.
¿Tú confiarías en Rosa o la entregarías? Comenta, comparte y busca la siguiente parte en los comentarios antes de juzgarla.