Cuando estaba a punto de subir al taxi hacia el aeropuerto, Sophie apareció frente al hotel.
Tenía el rostro pálido.
—Emma.
Me detuve.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
—Adrian.
Aquello me sorprendió.
—¿Él te dijo?
—No exactamente. Vi tu dirección en su teléfono.
Respiró profundamente.
—Necesito preguntarte algo.
La observé.
—Pregunta.
—¿Quién es Adrian para ti?
El silencio entre nosotras fue largo.
—Mi ex.
Sophie palideció todavía más.
—¿Exnovio?
—Prometido.
Sus labios se separaron.
—No.
—Sí.
—Eso no puede ser.
—Íbamos a casarnos dentro de dos semanas.
Ella dio un paso atrás.
—Pero Adrian me dijo…
—¿Qué te dijo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Que después de que me fui nunca volvió a enamorarse de nadie.
Sentí algo extraño.
No celos.
Ni siquiera rabia.
Solo cansancio.
—Quizá para él sea verdad.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque estoy empezando a comprender que puedes pasar ocho años con alguien sin que esa persona considere que te ha amado.
Sophie negó con la cabeza.
—Yo no sabía nada.
La miré.
—Te creo.
Y lo decía en serio.
Puede que algunas de sus publicaciones hubieran sido provocadoras.
Puede que disfrutara mostrando cuánto hacía Adrian por ella.
Pero su sorpresa era demasiado genuina.
—Tus padres me dijeron que tú sabías.
Esta vez fui yo quien se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Hace años.
Sophie se secó las lágrimas.
—Cuando me fui al extranjero, tu madre me escribía. Me decía que Adrian estaba destrozado y que una chica lo acompañaba porque trabajaban juntos. Después me dijo que tú sabías perfectamente que él seguía enamorado de mí.
Apreté la mandíbula.
—Nunca lo supe.
—También me dijeron que tú insististe en casarte con él porque…
Se detuvo.
—Dilo.
—Porque tu familia tenía contactos que podían ayudar a su carrera.
Solté una risa sin humor.
—Yo pagué su primer laboratorio.
Sophie me miró fijamente.
—¿Qué?
—Nada.
De repente, todo aquello era demasiado absurdo.
Mis padres habían construido dos versiones distintas de la misma historia.
Ante mí, Sophie era la víctima a la que yo debía compensar.
Ante Sophie, yo era la oportunista que utilizaba conexiones para retener a Adrian.
Y Adrian, mientras tanto, había permitido que ambas creyéramos lo suficiente para no perder a ninguna.
—Emma…
—Tengo un vuelo.
Sophie sujetó mi brazo.
—No voy a casarme con él.
La miré.
—Eso es asunto tuyo.
—¿No quieres que lo cancele?
—Sophie.
Retiré suavemente mi brazo.
—Hace una semana habría dado cualquier cosa porque lo hicieras.
Mis ojos se humedecieron.
—Hoy ya no.
Ella empezó a llorar.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte conmigo por haber sido amada.
Aquellas palabras me dolieron más al pronunciarlas de lo que esperaba.
—Pero te recomiendo una cosa.
—¿Cuál?
—Pregúntate si un hombre que pudo tratar durante ocho años a una mujer como si fuera invisible será realmente incapaz de hacerte lo mismo algún día.
Subí al taxi.
Sophie permaneció bajo la entrada del hotel mientras el coche se alejaba.
No volví la cabeza.
En el aeropuerto, cuando faltaban cuarenta minutos para embarcar, Adrian apareció.
Esta vez no llevaba paraguas.
No llevaba abrigo.
Parecía haber corrido desde algún lugar.
Me encontró frente al control de seguridad.
—Emma.
Seguí caminando.
Me agarró de la muñeca.
—No te vayas.
Me quedé quieta.
Durante ocho años había deseado escuchar esas palabras.
Las imaginé después de cada discusión.
Después de cada noche en que él llegaba tarde.
Después de cada cumpleaños olvidado.
Después de cada vez que yo preguntaba:
“¿Me amas?”
Y él respondía:
“¿Por qué necesitas escuchar esas cosas?”
Ahora finalmente las decía.
Y ya no significaban nada.
—Suéltame.
Adrian aflojó la mano.
—Cancelé la boda.
Lo miré.
—¿Por qué?
Pareció sorprendido por la pregunta.
—Por ti.
—No.
—Emma…
—No la cancelaste por mí.
Lo observé con calma.
—La cancelaste porque Sophie descubrió lo nuestro.
Sus ojos cambiaron.
Había acertado.
—Ella vino a verme —dije.
—Lo sé.
—Entonces no uses mi nombre para convertir tu desastre en un gesto romántico.
Adrian apretó los labios.
—Podemos empezar de nuevo.
—No.
—Voy a cambiar.
—No.
—Puedo mudarme de Repulse Bay.
Sentí casi ternura ante la ironía.
—Te pedí eso durante cuatro años.
—Lo sé.
—Puedo cocinar contigo.
—Te lo pedí durante ocho.
—Emma…
—¿Y ahora sí tienes tiempo?
Él se quedó callado.
Por primera vez vi lágrimas contenidas en sus ojos.
—Pensé que siempre estarías.
Ahí estaba.
La verdad.
No que no me amara.
No que yo no fuera suficiente.