Simplemente había convertido mi amor en una certeza.
Una constante.
Algo tan seguro que ya no necesitaba cuidarlo.
—Yo también lo pensé —dije.
Mi voz se quebró ligeramente.
—Ese fue mi error.
El anuncio de embarque sonó por los altavoces.
Adrian dio un paso adelante.
—No tomes ese avión.
—Tengo que hacerlo.
—Puedo ir contigo.
Negué con la cabeza.
—No quiero que vengas.
Aquella frase lo destruyó más que cualquier otra.
Su rostro perdió todo color.
—¿Ya no me amas?
Miré al hombre al que había amado desde mis veinticuatro años.
Recordé la primera vez que se quedó dormido sobre mis piernas después de trabajar treinta horas.
Recordé cómo me apretó la mano en el funeral de su padre.
Recordé el día que consiguió su puesto definitivo y me llamó antes que a nadie.
No todo había sido mentira.
Ese era quizá el motivo por el que resultaba tan doloroso.
—Sí —respondí—. Una parte de mí todavía te ama.
Sus ojos se iluminaron.
Pero terminé la frase.
—Solo que por fin me quiero más a mí.
Tomé mi maleta.
Atravesé el control de seguridad.
Esta vez, Adrian no me siguió.
Nueva York olía diferente.
Quizá porque no había recuerdos de él en cada esquina.
Mi nueva empresa me había ofrecido un puesto como directora de investigación estratégica en un laboratorio tecnológico asociado a Columbia.
Durante años había dicho que no.
Primero porque Adrian todavía no había conseguido estabilidad profesional.
Después porque su padre enfermó.
Luego porque estaba a punto de conseguir una subvención.
Después porque compraríamos una casa.
Después porque nos casaríamos.
Siempre existía un “después”.
Ahora, por primera vez, mi vida comenzaba con un “ahora”.
Los primeros meses fueron difíciles.
No por Adrian.
Por mí.
Había olvidado cómo tomar decisiones sin preguntarme si molestarían a otra persona.
La primera noche en mi apartamento nuevo pedí comida tailandesa por treinta dólares.
Cuando llegó la cuenta sentí culpa.
Me reí sola.
Después pedí postre.
Compré flores sin esperar una ocasión.
Tomé taxis cuando llovía.
Dormí hasta tarde los domingos.
Acepté invitaciones.
Volví a tocar el piano.
Me corté el cabello.
Pequeñas cosas.
Ridículamente pequeñas.
Pero cada una era una parte de mí regresando a casa.
Adrian escribía casi todos los días.
Al principio eran mensajes breves.
“¿Llegaste bien?”
“Hace frío en Nueva York. Abrígate.”
“Encontré tu taza azul.”
Después empezaron a cambiar.
“Hoy cociné por primera vez.”
“Salió horrible.”
“Entiendo por qué siempre te enfadabas cuando yo dejaba los platos en el fregadero.”
No respondí.
Un mes después:
“Vendí el Bentley.”
No respondí.
“Me mudé de Repulse Bay.”
No respondí.
“Renuncié al proyecto que me obligaba a viajar tanto.”
No respondí.
Una noche llegó un mensaje distinto.
“Hoy encontré los recibos del equipo del laboratorio.”
Me quedé mirando la pantalla.
Minutos después llegó otro.
“Emma, ¿fuiste tú?”
No contesté.
Luego:
“Fueron 680.000 dólares de Hong Kong.”
Nada.
“¿Vendiste las acciones de tu abuela por mí?”
Apagué el teléfono.
A la mañana siguiente tenía un audio.
No quería escucharlo.
Tardé tres días.
Finalmente lo reproduje mientras caminaba junto al Hudson.
La voz de Adrian sonaba diferente.
Más baja.
—Emma… durante mucho tiempo pensé que yo había construido todo lo que tengo solo.
Se detuvo.
—Creo que necesitaba pensarlo porque era más fácil. Si admitía todo lo que hacías por mí, también tendría que admitir todo lo que yo no hacía por ti.
Respiró.
—No sé cuándo empecé a tratar tu amor como si fuera una obligación. Quizá siempre fui así.
Otra pausa.
—No voy a pedirte que vuelvas. Sé que ya no tengo derecho.
La grabación terminó.
Me quedé mirando el río.
No lloré.
Pero aquella noche respondí por primera vez.
“Espero que estés bien.”
Adrian contestó en menos de diez segundos.
“¿Tú lo estás?”
Miré mi apartamento.
Las flores sobre la mesa.
El piano junto a la ventana.
Las carpetas del proyecto que lideraba.
Mi vida.
“Sí.”
Tardó mucho en responder.
Finalmente escribió:
“Entonces me alegro.”
Seis meses después regresé a Hong Kong por una conferencia.
No avisé a nadie.
Mi ponencia era sobre sistemas de inversión científica sostenible.
La sala estaba llena.
Al terminar, mientras hablaba con varios investigadores, escuché una voz conocida.
—Felicidades.
Me giré.
Adrian estaba a unos metros.
Había adelgazado.
Su expresión seguía siendo seria, pero ya no tenía aquella frialdad que yo conocía.
—Gracias.
—Tu presentación fue excelente.
—Gracias.
Sonrió ligeramente.
—Sigues diciendo gracias cuando quieres terminar una conversación.
Me sorprendí.
—Y tú sigues analizándolo todo.
—Estoy intentando dejar de hacerlo.
Hubo un silencio.
—¿Cómo está Sophie? —pregunté.
—En Boston.
—¿Volvió a Estados Unidos?
—Sí. Consiguió trabajo allí.
Asentí.
—Me alegro.
—Se casará en otoño.
Parpadeé.
—Eso fue rápido.
Adrian soltó una risa.
—No conmigo.
—Eso lo imaginé.
La expresión de su rostro era tranquila.
—Con un médico que conoció durante su rehabilitación.
—Bien por ella.
—Sí.
Otro silencio.
—Tus padres preguntan por ti.
La calma desapareció de mi rostro.
Adrian lo notó.
—No tienes que verlos.
—No pensaba hacerlo.
—Tu madre tuvo una operación hace dos meses.
Mis dedos se tensaron alrededor de la carpeta.
—¿Está bien?
—Sí.
Respiré.
Una parte de mí se sintió culpable por el alivio.
Otra parte se enfadó consigo misma por sentir culpa.
Adrian dijo:
—No te lo cuento para presionarte. Solo pensé que deberías saberlo.
—Gracias.
Esta vez la palabra no significaba “vete”.
Él lo entendió.
—Emma.
—¿Sí?
—Hay algo que quiero devolverte.
Sacó una pequeña caja.
La abrió.
Dentro estaba el anillo con el que me había pedido matrimonio.