PARTE 2
Dos semanas después salí del hospital y llegué a un penthouse en Paseo de la Reforma que mi abuelo había preparado para mí. Había ropa nueva, una biblioteca, personal de seguridad y una fotografía de mi madre cuando era joven, sonriendo en el jardín de la antigua residencia Serrano.
Al día siguiente conocí a don Ernesto. Tenía el cabello completamente blanco, pero una mirada capaz de silenciar una sala entera. Cuando vio las marcas que aún quedaban en mi rostro, levantó la mano con cuidado y me tocó la mejilla.
—Ese hombre dijo que eras una huérfana sin respaldo —murmuró—. Desde hoy, nadie vuelve a tocarte.
Me contó que había obligado a mi madre a casarse por conveniencia. Ella huyó con apenas 23 años y juró que su hija crecería lejos de aquella familia. Antes de morir, sin embargo, le envió una carta: “Busca a Valeria cuando más te necesite”.
Don Ernesto quería que Gabriel Navarro, director general del grupo, administrara mis acciones. Yo me negué.
—Quiero hacerlo yo.
Gabriel, un hombre sereno de 34 años, deslizó hacia mí un informe sobre 137 empresas del conglomerado.
—Entonces demuéstrelo.
Antes de casarme había terminado Finanzas con una beca; Alejandro me obligó a guardar el título en un cajón. Pasé 3 días estudiando balances, contratos y cadenas de suministro. Descubrí movimientos irregulares entre 2 filiales que nadie había podido probar durante años. Gabriel dejó de mirarme como a una heredera frágil.
—¿Por dónde quiere comenzar? —preguntó.
—Por Grupo Montiel.
Los números confirmaron algo importante: la empresa de Alejandro aparentaba prosperidad, pero debía 800 millones de pesos a un banco cuyo principal accionista era Grupo Serrano. Además, llevaba una doble contabilidad para ocultarle sus pérdidas a la familia Salgado.
No ataqué de inmediato. Solo hice dos movimientos.
Primero, el hotel de la Riviera Maya donde Alejandro y Renata celebrarían su compromiso canceló el evento por “mantenimiento urgente”. Era propiedad de una filial Serrano.
Segundo, durante una visita a una boutique de Polanco, me encontré con la madre de Renata.
—Espero que disfrute su nueva vida —me dijo con una sonrisa—. Alejandro necesitaba una mujer de su nivel.
—Tiene razón —respondí—. Yo también apunté demasiado bajo.
Antes de irme, añadí:
—Revise las cuentas del Grupo Montiel antes de entregar los 500 millones. En especial, busque el segundo juego de libros.
Su sonrisa desapareció.
Esa noche Alejandro llamó desde Cancún.
—¿Qué juego estás jugando, Valeria? Si 200,000 pesos no te bastan, puedo darte 300,000.
—No quiero tu dinero. Solo quería felicitarte por tu próxima boda. Ojalá Renata nunca descubra tus dos contabilidades.
Colgué.
La advertencia hizo exactamente lo que yo esperaba: sembró miedo. La señora Salgado comenzó a revisar los números. Renata defendió a Alejandro y usó dinero propio para cubrir parte del faltante. La familia empezó a desconfiar de ambos.
Mientras tanto, asumí públicamente la vicepresidencia del Grupo Serrano. En mi primera junta señalé el fraude interno de un directivo y ordené una auditoría. En una semana, recuperamos 460 millones de pesos desviados.
La noticia llegó a Alejandro. Tres días después apareció en el vestíbulo del corporativo y exigió verme. Lo hice esperar 2 horas.
Cuando finalmente bajé, me observó como si mirara a una desconocida.
—Explícame cómo una mujer que no podía entrar a mi oficina ahora dirige esto.
—Porque nunca fui la huérfana que creíste.
Le conté quién era mi madre y quién era mi abuelo. Su rostro perdió todo color.
—¿El hotel también fue cosa tuya?
—Fue una decisión comercial. Igual que la decisión del banco de no renovar tu crédito.
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Valeria, no puedes destruirme.
—Yo no te destruí. Tú firmaste las deudas, falsificaste los balances y ordenaste que me golpearan. Yo solo dejé de protegerte de las consecuencias.
En ese momento Gabriel se acercó con una carpeta. El préstamo de 800 millones vencería en 43 días. Ningún banco quería refinanciar a Grupo Montiel y la familia Salgado había suspendido el resto de la inversión.
Alejandro miró el documento, luego me miró a mí.
Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.
Y todavía no sabía cuál sería el precio final de todo lo que me había hecho.
PARTE 3