Mi ex nos dejó a oscuras, a mí y a nuestro hijo de seis años, para largarse con un tipo con lana que conoció por internet . Se llevó hasta los ahorros de los útiles del niño. Un año entero lo levanté yo solo. Ayer volvió, en un carro del año y con un abogado de traje, a exigirme que le entregara a Mateo. La corrí de mi puerta delante de toda la colonia y se fue con la cabeza abajo. Pero antes de subirse a ese carro, no me buscó a mí para reclamarme nada. Volteó a la ventana donde estaba parado mi hijo. Y se le quedó viendo como el que se despide.
Parte 1 :
Yo arreglo refrigeradores y lavadoras, a domicilio. Manos negras de grasa, la espalda molida, pero de ahí como y de ahí mantengo a mi hijo, honrado.
Un año hice de papá y de mamá al mismo tiempo.
Brenda, mi ex, vivía pegada al teléfono. A las marcas, a los likes, a aparentar una vida que en esta casa nunca tuvimos. Decía que ser mamá le había arruinado la juventud. Al niño lo dejaba con su cereal frío y las caricaturas, con tal de no batearse el vestido bueno.
El día que se fue, yo andaba en una chamba lejos, en un pueblo. Volví ya de noche y la casa estaba a oscuras. Mateo estaba en el piso de su cuarto, llorando del susto, abrazando su oso de peluche. No entendía por qué su mamá lo había dejado solo.
Me lo apreté contra el overol y le juré una cosa: mientras yo tenga estas dos manos, a ti no te falta casa.
Desde esa noche, ese niño no soltó el oso. Sucio, remendado, lo carga a todos lados.
Una vez le pregunté por qué lo quería tanto.
Me dijo bajito: “porque mi mamá me lo puso en los brazos.”
Yo pensé que se lo inventaba. Esa noche ella ni siquiera estaba.
A los pocos días fui al banco. La cuenta de los útiles, vacía. Hasta el último peso. Me hirvió la sangre ahí parado. Pensé: se lo gastó en sus lujos.
El barrio se nos arrimó. Doña Mati me cuidaba a Mateo en las tardes. Don Beto, del taller de la esquina, me pasaba chambas. Chayito le apartaba de comer. Entre todos lo levantamos, y el niño volvió a reír.
Una tarde, Doña Mati me dijo algo raro.
—Oye, ¿tu Brenda anda mala? La vi en la fila del IMSS. Flaquita, flaquita, con un pañuelo en la cabeza.
Le dije que esa vieja andaba de fiesta con su ricachón, no en el Seguro. Ni le paré.
Y llegó ayer domingo.
Un carro del año se paró enfrente de la casa. Se bajó ella. Vestido de diseñador, lentes oscuros. Atrás, el abogado.
Entró al porche como si fuera la dueña. Me exigió al niño ahí mismo, en la puerta. Que ella ya tenía nivel, casa en la capital, que un mecánico mugroso jamás le iba a dar futuro a su hijo.
Mateo la vio desde la ventana. Se le paró la carita.
No le grité. Cerré la puerta para que el niño no oyera. Salí al porche y le puse al abogado, en la mano, una carpeta sellada.
La demanda de la Fiscalía de la Familia. Abandono de hogar. Violencia económica. Firmada por más de veinte vecinos que vieron la noche que dejó a mi hijo solo, a oscuras.
La miré con estas manos llenas de callos.
—El dinero de sus libros te alcanzó para tus lujos —le dije—. La decencia de un padre no se compra en tus tiendas.
—Tienes dos minutos para subirte a ese carro antes de que llegue la patrulla.
No me contestó de vuelta. Nomás dijo una cosa, en voz bajita, casi para ella:
—Ese niño va a estar mejor sin mí. Créemelo, lo pensé más que tú.
Los muchachos del taller salieron a la banqueta. Las señoras. Todo el barrio, en silencio, mirándola con puro desprecio.
Se puso pálida.
El abogado revisó los sellos de la fiscalía, se le acabó la elegancia, y la agarró del brazo. “Aquí no tenemos nada que hacer”, le dijo.
Tuvieron que dar la media vuelta con la cabeza abajo, toda la colonia viéndolos.
Y cuando ella levantó el brazo para abrir la portezuela, la manga se le subió.
Traía una pulsera de plástico en la muñeca. De hospital. Con su nombre impreso.
Yo la vi. No dije nada. Pensé: hasta esas pulseras de antro fifí se pone ahora.
No me buscó a mí. Volteó a la ventana de Mateo. Movió los labios, despacio, como diciéndole algo que yo no alcancé a oír.
Y se subió al carro.
En la noche fui a acostar a Mateo. Se durmió abrazado a su oso, como siempre.
Se lo quise acomodar bien y sentí la espalda del muñeco dura. Rara.
La costura de atrás estaba abierta. Y vuelta a coser, con un hilo blanco que no es mío. Yo no sé coser.
Metí los dedos.
Adentro no había relleno.
Había una libreta del banco. Y un papel doblado, con su letra.
Lo abrí ahí, en lo oscuro, y no pude respirar. Decía:
Parte 2 :