Parte 2 :
Decía que no me lo había robado. Que ese dinero era de Mateo, para su escuela, hasta que acabara. Que la libreta estaba a nombre del niño.
Y decía una cosa más, con esa letra suya de siempre, la de las eses grandotas.
“Cuando el niño pregunte por mí, no le digas la verdad. Déjalo que me odie. Es más fácil que la otra cosa. Perdóname por como me tuve que ir. No sabes cuánto lo pensé. — B.”
Leí “la otra cosa” como cinco veces. No entendía qué otra cosa.
Me quedé sentado en el borde de la cama de Mateo, con la libreta en una mano y el oso destripado en la otra, y el niño dormido a mi lado, respirando fuerte, sin saber que su papá le había abierto el muñeco.
La libreta tenía movimientos. El dinero de los útiles no se lo gastó en nada. Lo pasó, el mismo día que se fue, a una cuenta nueva. A nombre de Mateo.
No manches.
Y me acordé de la pulsera. La de plástico. La del hospital. Con su nombre.
Esa noche no dormí. Al otro día no fui a trabajar. Busqué, entre las hojas de la libreta, la tarjeta del abogado que se le había caído en el porche.
Le marqué temblando. Y lo que ese hombre me dijo por teléfono me dejó parado a media cocina, sin poder colgar.
—Yo no iba por la custodia —me dijo el licenciado—. Usted cree que iba por el niño. No.
Se quedó callado. Yo también.
—La señora me contrató hace tres semanas. Me pagó por adelantado. ¿Sabe para qué?
No dije nada.
—Para perder.
Me lo explicó despacio, como quien no quiere lastimar de más. Brenda no iba por Mateo. Mateo ya lo tenía yo, y así lo quería ella. Lo que fue a hacer a mi casa ese domingo fue firmar. Renunciar. Dejarle al niño, por escrito, todo lo que traía a su nombre, y quitarse ella cualquier derecho.
—Me hizo jurar una cosa —dijo el abogado—. Que en el momento en que usted se plantara, yo me la llevara. Que lo dejara ganar. Delante de todos.
Yo creí que la había corrido.
La ayudé a irse.
“Ese niño va a estar mejor sin mí.” Me lo dijo en el porche y yo lo oí como maldad. Lo dijo como quien ya lo tenía pensado hacía mucho.
—Licenciado —le pregunté, y no me salía la voz—. ¿De qué está enferma Brenda?
Se quedó otro rato callado.
—Eso no me toca decírselo a mí —dijo—. Vaya con su mamá. Doña Refugio. Vive por la calle del mercado.
Colgué. Y todavía no sabía lo peor. Lo peor estaba en una casa a veinte minutos, en la boca de una señora que yo apenas saludaba.
Pero antes de ir, me senté a desayunar al niño. Porque de eso se trata, ¿no. De darle de desayunar.
Lo vi echándole azúcar a la leche, hablándole al oso en voz bajita, y se me vino encima la noche aquella.
La noche que llegué y lo encontré a oscuras.
Yo siempre conté esa noche igual: llegué, la casa apagada, el niño solo, ella ya no estaba. Punto. Un año la conté así, palabra por palabra.
Pero el niño, esa noche, tenía el oso en los brazos.
Ese oso se lo regaló Doña Refugio hacía años, y vivía guardado hasta arriba del clóset, donde Mateo no alcanzaba ni parándose en la silla.
Alguien lo bajó. Alguien se lo puso en los brazos a un niño de seis años para que no se quedara solo del todo.
“Porque mi mamá me lo puso en los brazos”, me había dicho.
Y yo pensé que se lo inventaba.
Les voy a confesar una cosa de la que no me siento orgulloso. De la que no me he sentido orgulloso en un año.
Cuando ella se fue, yo lloré por el niño. Por mí no.
Por mí sentí… otra cosa. Sentí que volvía a respirar. Un año viviendo con una mujer que no me miraba, que veía el teléfono más que a su propio hijo, que decía que esta casita la había echado a perder. El día que se fue, se me quitó un peso de encima.
Me sentí libre.
Y me odié por sentirme libre. Pero me sentí libre.
Un año entero anduve contando la historia de la mala que se fue con su ricachón. La conté en el taller de Don Beto. La conté en la tiendita de Doña Mati. La conté en la reja de la primaria, con la voz bien puesta. La conté orgulloso.
Y esa mañana, con el niño echándole azúcar a la leche, empecé a tener miedo de lo que me iba a decir su abuela.
Doña Refugio me abrió la puerta con los ojos hinchados. No me dijo pásale. Se me quedó viendo un rato largo.
—Hasta que viniste —me dijo.
Adentro olía a veladora.
Había una foto de Brenda en la mesa, con un moño negro doblado en la esquina.
Parte 3 :