Parte 3 :
Se me doblaron las piernas ahí, en la sala de esa señora.
—El jueves —dijo Doña Refugio—. En la madrugada. Ya no aguantó más.
El jueves. Cuatro días después de que yo la saqué de mi casa a gritos con la fiscalía en la mano.
Me senté porque no me sostenía. La señora me contó todo de corrido, sin que yo preguntara, como quien lleva meses tragándose las palabras.
—Se lo encontraron hace ocho meses —dijo—. Aquí, en el pecho. Cuando lo vieron ya andaba regado por todos lados.
Ocho meses.
—Los doctores le dieron los meses que le quedaban. ¿Y sabes qué hizo mi hija? —la señora soltó una risa fea, de puro coraje—. Se puso a inventar.
—¿A inventar qué?
—Lo del hombre rico. Lo del internet. Todo, muchacho. No hubo ningún ricachón. Nunca. Se lo inventó para que tú la dejaras ir sin buscarla. Para que el niño no la viera acabarse.
Doña Refugio agarró aire, como si le pesara.
—Se arregló toda la mañana del domingo pa’ que la corrieras. Se pintó, se puso el vestido que le presté, se bajó la manga para taparse la pulsera. Todo, para que Mateo la recordara mala. No muriéndose.
Yo traía en la bolsa el discurso que le eché en el porche. Todavía me lo sabía completo. “La decencia de un padre no se compra en tus tiendas.”
Se lo dije a una mujer que se estaba muriendo. Que se había peinado y maquillado para que yo se lo dijera.
—Le dije que estaba loca —siguió la señora—. Le dije: deja que el niño te despida, Brenda, por Dios. Y ella me contestó: mamá, si me despide, se va a acordar de mí en una cama, chupada, con sondas, sin pelo. Y si me odia, se va a acordar de mí parada, con tacones, peleando por él. Prefiero que se acuerde de mí parada.
Me quedé sin aire.
Todo lo que yo había contado orgulloso un año —la mala, la vanidosa, la que prefería sus vestidos— era el disfraz que ella se cosió a mano para que su hijo no la viera irse en pedazos.
Regresé a la colonia como sonámbulo.
En la esquina estaban Don Beto y otros dos, tomando refresco.
—Ey, qué milagro. Oye, qué bueno que corriste a esa vieja, ¿eh? —me dijo Don Beto—. Mira que abandonar a un niño así, por la lana. No tiene madre esa mujer.
Abrí la boca.
Iba a decírselo. Iba a decir: no, Beto, se estaba muriendo, se inventó todo, se dejó humillar aposta.
Y me acordé del papel. “No le digas la verdad. Prométemelo.”
Cerré la boca.
—Sí —le dije—. Qué bueno.
Y me metí a mi casa.
Esa fue mi decisión, y ya no tiene vuelta. Voy a dejar que toda la colonia siga escupiendo su nombre. Voy a dejar que la recuerden como la peor. Cada vez que alguien diga “esa que dejó al niño por un rico”, yo voy a bajar la cara y me voy a aguantar, porque eso fue lo único que ella me pidió en toda su vida, y me lo pidió muerta.
Saqué la libreta. No le voy a tocar un peso. Es de Mateo, para su escuela, hasta que acabe. Tal cual lo dejó ella.
Y agarré el oso.
Me tardé como una hora, con una aguja de Doña Mati y el hilo blanco, aprendiendo a coser como cosía ella. Me quedó chueco. Pero le volví a meter el relleno, y adentro, contra el relleno, le volví a coser el papel con su letra. Doblado. Donde estaba.
Para que un día, cuando Mateo sea grande y ese oso se caiga a pedazos de tan viejo, lo encuentre él solo. Y sepa quién fue de verdad su mamá cuando ya pueda con la verdad.
Yo me quedé con una cosa nada más. Antes de que me fuera, Doña Refugio me la puso en la mano.
Lo que Brenda traía en la bolsa cuando volvió al hospital esa noche, después de mi casa. Lo que tenía apretado en el puño cuando se murió el jueves.
Un dibujo. De crayola. Todo gastado de tanto doblarlo y desdoblarlo. Un monito con overol y otro chiquito, y arriba, con letras de niño, “MI MAMÁ”.
Lo hizo Mateo en el kínder. Yo ni sabía que existía.
La pulsera del hospital, la que le vi bajo la manga, tenía la fecha. Se dio de alta ella sola esa mañana del domingo, en contra de lo que le dijeron los doctores. Volvió a internarse esa misma noche.
Ya no volvió a salir.
Usó uno de los últimos días que le quedaban en este mundo para ir a que la corriera de mi puerta.
Anoche acosté a Mateo. Le puse el oso remendado en los brazos. Le apagué la luz.
Se quedó dormido a oscuras, abrazado a su muñeco, igual que aquella primera noche. Nomás que aquella noche lo dejaron solo. Y anoche fui yo el que lo arropó.
—Oye, pa —me preguntó, ya con los ojos cerrados—. ¿Verdad que mi mamá era mala?
—Sí, mijo —le dije—. Ya duérmete.
Y cerré la puerta despacio, para no despertarlo, con el hilo blanco todavía en la bolsa de la camisa.