PARTE 2
Los siguientes 5 días parecieron sacados de una película que Mariana jamás habría creído vivir. Santiago no le mandó flores ni frases vacías; le mandó soluciones.
Primero llegó una camioneta negra a su edificio con una caja sobria y una tarjeta escrita a mano: “No compres un vestido para esconderte. Compra una armadura para entrar al campo de batalla.”
Mariana llamó a una diseñadora mexicana que conocía de sus años en relaciones públicas, una mujer famosa por vestir cuerpos reales sin pedirles perdón.
En un taller luminoso de la Roma Norte, le hicieron un vestido verde esmeralda que abrazaba sus curvas con una elegancia feroz. No disimulaba su cuerpo: lo celebraba. Tenía escote corazón, cintura estructurada y una abertura lateral que hacía que cada paso pareciera una declaración de guerra.
El día de la boda, mientras una maquillista le marcaba los ojos y le recogía el cabello en ondas suaves, Mariana se miró al espejo y no reconoció a la mujer rota de la semana anterior. Reconoció a alguien que volvía de entre los escombros.
Cuando Santiago tocó a su puerta, vestía un smoking negro con un pañuelo verde que combinaba exactamente con ella. Por un segundo, él no dijo nada. Solo la miró como si acabara de descubrir algo sagrado.
—Mariana —murmuró—, hoy nadie te va a ignorar.
Le colocó un collar de esmeraldas prestado, según dijo, aunque Mariana sospechó que era demasiado valioso para llamarlo préstamo.
El viaje a San Miguel de Allende fue silencioso. Al acercarse a la Hacienda Santa Lucía, las luces doradas, los arcos de cantera y los arreglos florales blancos parecían anunciar una felicidad construida sobre una traición. Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
Santiago tomó su mano.
—Cabeza arriba. No vienes a pedir permiso. Vienes a recuperar tu nombre.
Entraron cuando la recepción ya había empezado. Las puertas del salón principal se abrieron y el murmullo murió como una vela apagada.
250 invitados voltearon.
Primero la miraron a ella: el vestido, la postura, los labios rojos, la seguridad que nadie esperaba. Luego miraron al hombre de su brazo. El silencio se volvió miedo.
En la mesa principal, Renata dejó caer la copa. Diego se quedó inmóvil, pálido, con una sonrisa rota en la cara.
Teresa, la madre de Mariana, se levantó furiosa.
—¿Qué significa esto? —susurró con rabia.
Santiago la miró apenas.
—Significa que su hija aceptó la invitación.
Diego intentó sonreír.
—Mariana… qué sorpresa. Te ves… diferente.
—No —respondió ella—. Me ves diferente porque hoy no estoy agachando la cabeza.
Renata apretó la mandíbula. Su vestido de novia, enorme y lleno de encaje, ya no parecía de princesa sino de disfraz.
Durante la cena, Mariana comió sin culpa por primera vez en meses. Probó el mole almendrado, el filete, el pan dulce servido en canastas pequeñas. Al otro lado del salón, Diego no dejaba de mirarla.
A mitad de la noche, Mariana fue al baño para respirar. Se estaba retocando el labial cuando la puerta se abrió. Diego entró, con la corbata floja y los ojos desesperados.
—Mariana, cometí un error.
—Sí —dijo ella—. Entrar al baño de mujeres es otro más.
Él dio un paso hacia ella.
—No hablo de eso. Hablo de Renata. No es como tú. No me entiende. Todo fue presión. Mi carrera, mis socios, mi imagen. Tú y yo todavía podemos arreglarlo. Puedo anular esto. Podemos irnos.
Mariana lo miró como si por fin viera al verdadero Diego: no un hombre importante, sino un niño asustado de perder su juguete más brillante.
—Me cambiaste por mi hermana porque pensaste que yo no valía lo suficiente. Ahora que entro con alguien más poderoso que tú, ¿sí valgo?
Diego endureció la cara.
—No seas ingenua. Beltrán te está usando. Un hombre como él jamás tomaría en serio a una mujer como tú.
La puerta se abrió de golpe. Santiago estaba allí. No gritó. No tocó a Diego. Solo entró con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza.
—La dama ya te respondió —dijo—. Y ahora todos van a escuchar lo que yo vine a decir.
PARTE 3