Pero yo no le creí. Porque cuando lo veía —una o dos veces al año, a escondidas, casi como si se tratara de un delito— él me abrazaba tan fuerte que me dolían los huesos. Me daba besos en la frente y me decía cosas como:
—Estás enorme, nena. Te pareces a mí cuando era chico.
Me llevaba al parque, me compraba helado, me hacía reír. Me contaba historias de cuando era joven, con una nostalgia que me dejaba un nudo en la garganta.
—¿Por qué no venís más seguido? —le pregunté una vez.
Se encogió de hombros y miró al suelo.
—No siempre me dejan.
Tenía trece cuando empecé a atar cabos. El teléfono que sonaba y mamá que lo apagaba sin contestar. Las cartas que encontraba arrugadas en la basura, escritas con letra de hombre, firmadas con un nombre que conocía bien. Las veces que me decían que papá “no estaba interesado”, pero yo sabía que él me buscaba. Solo que no lo dejaban llegar.
—Mamá, ¿vos le prohibiste verme? —la enfrenté una noche, temblando.
Ella tardó en responder. Apagó el fuego de la hornalla y se apoyó en la mesada.
—Yo te estaba cuidando.
—¿De qué? ¡Papá nunca me hizo nada!
—Vos no sabés todo lo que pasó.
—Pero sí sé cómo me trata. Y es mejor que vos.
Esa última frase la dije sin pensar. Y me dolió más a mí que a ella, pero era verdad. Porque mamá siempre me retaba, me corregía, me decía que hablaba mucho, que me peinara mejor, que comiera menos. Con papá… yo era suficiente.
Después de eso, el silencio se instaló entre nosotras como un muro de concreto. Me hablaba lo justo y necesario, y evitaba el tema. Pero yo ya había decidido: quería a mi papá en mi vida.
Así que empecé a buscarlo yo. Lo llamaba, lo visitaba, lo conocía por fin sin intermediarios.
Y un día, después de muchos años, entendí algo doloroso: mamá me escondía porque le dolía que él me quisiera. Porque él no la había elegido a ella, pero sí a mí. Y eso, en su mundo herido, era injusto.
Hoy no la culpo. Aunque a veces, cuando veo a mi papá y nos reímos de tonteras, no puedo evitar pensar cuánto tiempo nos robaron. Cuántos abrazos nos quedaron pendientes.
Pero ya no me escondo. Ni de él, ni de nadie.