Cuando tenía siete años, pensaba que las visitas a casa de la tía Mariela eran espontáneas. Mi mamá decía:
—Vamos a ver a la tía, que hizo torta de chocolate.
Y yo, con los ojos brillando, saltaba al auto. No entendía por qué siempre íbamos justo los fines de semana que mi papá tenía libre del trabajo.
A esa edad no cuestionás nada. Creés que los adultos lo saben todo y que las cosas simplemente son. Pero los años pasan, y uno empieza a recordar detalles sueltos, como piezas de un rompecabezas que nunca pensaste armar.
Un día, cuando tenía once, le pregunté:
—Mamá, ¿por qué nunca veo a papá?
Ella me miró con esa mezcla suya de culpa y autoridad.
—Porque él nunca te busca.
—¿Y si sí quiere? —dije, bajito.
—No, mi amor. No quiere.