Mi papá es cartonero desde antes de que yo aprendiera a leer. Yo crecí escuchando el ruido de las ruedas del carro sobre la calle y el tintinear de las botellas de vidrio chocando entre sí.
Cuando era chica me daba vergüenza decir a qué se dedicaba. No por él… sino por la gente.
Porque siempre había alguien haciendo comentarios.
—Ahí viene el ciruja.
—Seguro vive de planes.
—Mirá cómo deja todo tirado.
Pero mi papá jamás contestaba. Seguía trabajando con la cabeza alta.
—El trabajo nunca da vergüenza, hija —me repetía—. Vergüenza es hacer daño.
Con los años entendí que tenía razón.
Él salía todos los días antes de las cinco de la mañana. En invierno parecía peor. Yo escuchaba cómo tosía del frío mientras calentaba agua para el mate cocido.
Una madrugada me desperté y lo vi remendando una rueda del carro con alambre.
—¿Por qué no comprás otra? —pregunté medio dormida.
Él sonrió.
—Porque primero está tu escuela.
Después me despeinó y agregó:
—Además este carro ya es familia.
Yo me reí.
—Entonces cobrale alquiler.
Él largó una carcajada de esas que hacen eco en toda la cocina.
A veces no había mucho para comer en casa. Mi papá siempre decía que ya había cenado afuera, pero yo sabía que mentía porque el plato seguía limpio.
Cuando empecé la secundaria, el colegio comenzó a dar merienda gratis. Un sándwich, una fruta y a veces un juguito.
Mis compañeras protestaban todo el tiempo.
—Otra vez banana.
—Este pan parece ladrillo.
—Ni loca como esto.
Y yo pensaba en mi papá pasando horas caminando bajo el sol.
Entonces empecé a guardar la merienda en la mochila.
Al principio me daba culpa mentir.
—¿No vas a comer? —preguntaba mi amiga Rocío.
—Después.
Mentira.
A la salida caminaba rápido hasta encontrar a mi papá. Ya conocía sus recorridos: las avenidas donde dejaban cajas de supermercados, la plaza donde juntaba botellas y la panadería que le regalaba cartones mojados cuando llovía.
Siempre lo encontraba empujando el carro despacito, cansado, con la espalda doblada.
—¡Pa!
Cuando me veía, se le iluminaba la cara.
—¿Qué hacés acá sola?
Yo levantaba la bolsita.
—Te traje el almuerzo.
Él abría los ojos sorprendido.
—¿Y de dónde sacaste plata?
—Estoy ahorrando.
Mentira número dos.
Mi papá se sentaba en cualquier cordón de vereda y comía como si estuviera en un restaurante de lujo.
—Mmm… hoy sí que la chef se lució.
—Obvio.
—Este sánguche tiene gusto a millón de dólares.
—Y porque no probaste el postre cinco estrellas.
Le alcanzaba la fruta y él hacía cara seria.
—¿Manzana? Qué nivel.