Después me miraba orgulloso.
—Vos vas a llegar lejos, hija.
Yo me hacía la graciosa para no llorar.
—Sí, voy a abrir una cadena internacional de sánguches escolares.
Él se reía tanto que a veces terminaba tosiendo.
Eso duró meses.
Yo aprendí a soportar el hambre durante las clases. Tomaba mucha agua para llenar el estómago y listo.
Hasta que un día me mareé en educación física.
La profesora me llevó a dirección.
—¿Comiste algo hoy?
—Sí…
Pero justo apareció la portera.
—Nunca come la merienda.
Sentí que el corazón se me caía al piso.
La directora me miró preocupada.
—¿Qué hacés con la comida?
Yo no quería decir nada.
En ese momento alguien golpeó la puerta.
Era mi papá.
Había ido a dejar unos cartones cerca del colegio y pasó a buscarme porque llovía fuerte.
Entró empapado, con la gorra chorreando agua y las manos negras de trabajar.
—¿Pasó algo?
La directora dudó un segundo y después habló.
—Su hija no está comiendo la merienda del colegio.
Mi papá me miró confundido.
—¿Entonces…?
Yo bajé la cabeza.
—Te la llevaba a vos.
Silencio.
Todavía me acuerdo de su cara.
Fue como si el mundo se hubiera detenido.
—¿Todo este tiempo… vos me dabas tu comida?
Yo me encogí de hombros.
—Vos trabajás más que yo.
Él respiró hondo y se tapó la cara con las manos.
Nunca lo había visto llorar.
Ni cuando murió mi abuelo.
Ni cuando nos cortaron la luz.
Ni cuando le robaron el carro una vez.
Pero ese día lloró.
Y mucho.
La directora también terminó llorando. La profesora lloró. Hasta el señor del kiosco se metió en la oficina diciendo:
—Traje alfajores porque esto ya parece novela de las seis.
Mi papá, entre lágrimas, soltó:
—Bueno, mínimo avisen así vendo pochoclos.
Todos se rieron.
Esa misma semana el colegio organizó una colecta. Los vecinos ayudaron un montón. Le consiguieron zapatillas nuevas, mercadería, una campera para el invierno y hasta ruedas nuevas para el carro.
Pero lo más lindo fue otra cosa.
Cada vez que alguien le preguntaba quién era yo, mi papá respondía orgulloso:
—Mi hija. La única persona capaz de convertir una merienda escolar en un banquete.
Y después agregaba:
—Eso sí… ahora la obligo a comer primero. Porque me salió demasiado buena y me funde.
¿Vos hubieras hecho lo mismo por tu familia?