—Quiero un acuerdo prenupcial —me dijo mi prometido una noche, mientras cenábamos en un restaurante elegante—. No voy a arriesgar mi futuro contigo.
Lo dijo tan tranquilo… como si estuviera hablándole a alguien interesado en quitarle dinero.
Me quedé callada unos segundos.
Yo manejaba un autito económico, sencillo, de esos que casi no gastan nafta. Usaba ropa normal, no presumía nada y jamás hablaba de plata. En cambio, él manejaba un auto deportivo nuevo, tenía relojes caros y le encantaba que todos supieran lo exitoso que era.
Así que sonreí apenas y respondí:
—Claro. Me parece justo.
Su cara cambió al instante. Creo que esperaba que llorara o discutiera.
Pero no.
Durante los días siguientes se mostró raro. Más frío. Más distante. Como si ya hubiera decidido que yo era “menos” que él.
Hasta hizo comentarios incómodos.
—Es que cuando uno tiene patrimonio tiene que cuidarse.
—Hoy en día cualquiera quiere aprovecharse.
Yo simplemente escuchaba.
Porque mientras él hablaba… yo sabía algo que él ignoraba completamente.
El día de la cita llegamos al despacho del abogado.
Era ridículamente elegante. Todo brillaba: los pisos, las mesas, hasta el perfume del ambiente parecía caro. Mi prometido entró caminando con el ego por delante.
El abogado nos saludó y empezó con los papeles.
—Entonces, señor, estos son sus bienes…
Mi prometido acomodó su reloj sobre la mesa y comenzó a enumerar orgulloso:
—Mi vehículo, mis inversiones, mis cuentas… y la oficina que alquilo para mi empresa.
Yo casi me muerdo la lengua para no reírme.
El abogado anotó todo y después volteó hacia mí.
—¿Y usted, señorita? Necesito su documentación también.
Saqué una carpeta gruesa de mi bolso y se la entregué.
Mi prometido soltó una risita burlona.
—No creo que tardemos mucho con eso.
El abogado abrió la carpeta distraídamente.
Pasó una hoja.
Luego otra.
Y otra.
Su expresión cambió por completo.
Se quedó congelado.
Mi prometido frunció el ceño.