—¿Qué ocurre?
El abogado levantó lentamente la mirada.
—Disculpe… ¿usted sabía que la oficina que alquila para su empresa… pertenece a ella?
El silencio fue TAN grande que hasta escuché el aire acondicionado.
—¿Qué? —preguntó mi prometido riéndose nervioso.
El abogado siguió leyendo.
—También aparecen cuatro edificios de departamentos… dos estacionamientos… acciones empresariales… y varios terrenos.
Mi prometido me miró como si acabara de conocerme.
—¿Eso es verdad?
Yo sonreí tranquila.
—Sí.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Me encogí de hombros.
—Porque nunca preguntaste quién era yo. Solo asumiste que valías más que yo.
El abogado carraspeó incómodo y acomodó sus lentes.
—Bueno… técnicamente… usted posee un patrimonio bastante superior al de su prometido.
Casi me largué a reír ahí mismo.
Mi prometido se puso rojo.
—Amor, yo… no quise decir que fueras una interesada. Solo quería protegernos.
—No —respondí—. Querías protegerte TÚ.
Entonces empezó a cambiar completamente de actitud.
—Podemos olvidarnos del acuerdo si quieres.
—No hace falta —contesté sonriendo—. Me parece perfecto firmarlo.
El abogado me miró confundido.
Mi prometido se relajó creyendo que había arreglado todo.
Hasta que agregué:
—Pero también creo que deberíamos cancelar la boda.
Se le borró la sonrisa.
—¿Qué?
—Lo que es tuyo es tuyo… y lo mío es mío, ¿recuerdas?
—Amor, estás exagerando…
—No. Solo entendí perfectamente cómo me ves.
El abogado estaba tan incómodo que parecía querer desaparecer debajo del escritorio.
Mi prometido intentó tomarme la mano.
—Podemos hablar esto.
Retiré la mano enseguida.
—No quiero casarme con alguien que cree que el amor es una amenaza financiera.
Me levanté, tomé mi bolso y antes de salir miré al abogado.
—Ah, y por cierto… el contrato de alquiler de la oficina vence en tres meses.
El abogado abrió grande los ojos.
Mi prometido casi se atraganta.
—¿QUÉ?
Yo solo sonreí.
—Que tengas suerte encontrando otro lugar tan barato.
Y me fui.
Todavía me río cuando recuerdo su cara
¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?