La cara de los tres muchachos que lo humillaban se desfiguró.
Sus padres, que estaban a su lado, los miraron con vergüenza cuando se dieron cuenta de lo que sus hijos habían hecho.
El rector de la universidad, un hombre muy serio, se puso de pie y fue el primero en empezar a aplaudir.
A los diez segundos, las quinientas personas en el auditorio estaban de pie rindiéndole una ovación a mi padre.
Salimos de la universidad con la frente más en alto que nadie. Hoy soy arquitecta, pero el título de ser la hija de don Ramón me queda mucho más grande.
¿Ustedes qué opinan?