“No estás ciego; tu mujer te puso algo en la bebida”, le dijo el viejo mendigo al multimillonario.
PARTE 1
El banco frente al lago de Chapultepec estaba húmedo por la lluvia de la madrugada. Don Alejandro Montalvo permanecía sentado con ambas manos sobre su bastón, escuchando el ruido de los vendedores, las bicicletas y las familias que caminaban sin imaginar que él daría cualquier fortuna por volver a distinguir un rostro.
A sus 58 años, Alejandro era dueño de una de las constructoras más importantes de México. Había levantado hoteles, hospitales y centros comerciales desde Monterrey hasta Mérida, pero durante los últimos 10 meses su mundo se había reducido a sombras.
Los médicos afirmaban que su pérdida de visión era consecuencia tardía de un accidente automovilístico. Ningún tratamiento había funcionado.
Su esposa, Verónica Alcázar, se había convertido en sus ojos.
Ella elegía su ropa, revisaba sus documentos, controlaba sus llamadas y preparaba cada noche una bebida de avena con canela que, según decía, lo ayudaba a dormir.
Alejandro confiaba completamente en ella.
Hasta aquella tarde.
Una mujer anciana se acercó arrastrando unas sandalias gastadas. Vestía un rebozo gris y llevaba una bolsa de mandado llena de botellas vacías.
Se detuvo frente a él.
—Usted no está ciego por el accidente, señor Montalvo.
Alejandro levantó el rostro.
—¿Quién es usted?
—Eso no importa. Lo que importa es que su mujer le echa algo a la bebida. La he visto comprarlo. Si sigue tomándolo, jamás recuperará la vista.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Pero la anciana ya se alejaba entre la gente.
Esa noche, en su residencia de Las Lomas, Verónica entró al dormitorio sosteniendo el vaso habitual.
—Tómalo, amor. Hoy tuviste un día pesado.
Alejandro acercó el vaso a los labios, pero no bebió.
El aroma dulce escondía un sabor metálico que nunca había notado.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella.
—Nada. Sólo estoy cansado.
Cuando Verónica salió, Alejandro vació la bebida dentro de una maceta y guardó una pequeña muestra en un frasco.
A la mañana siguiente llamó en secreto a una agencia de servicio doméstico. Solicitó una trabajadora nueva, discreta y sin vínculos con su esposa.
Así llegó Marisol Cruz, una mujer de 42 años originaria de Puebla, madre soltera y antigua auxiliar de enfermería.
Alejandro la recibió a solas en su despacho.
—No la contraté para limpiar —le confesó—. Necesito que observe a mi esposa. Quiero saber qué pone en mis bebidas y con quién se reúne cuando cree que estoy dormido.
Marisol aceptó, aunque comprendió que podía meterse en un problema muy serio.
Durante 6 días vigiló cada movimiento de Verónica.
La vio sacar un pequeño frasco del fondo de una caja de té. La siguió hasta una farmacia de la colonia Doctores, donde compró varias ampolletas sin receta. También descubrió que recibía en la casa a Esteban Rivas, director financiero de la constructora y amigo de Alejandro desde hacía más de 20 años.
Esteban llegaba cuando Alejandro descansaba.
Una tarde, Marisol escuchó detrás de la puerta de la biblioteca.
—El consejo firmará la incapacidad el viernes —dijo Esteban—. Cuando tengas el poder definitivo, venderemos las acciones y nos iremos.
—¿Y si recupera la vista? —preguntó Verónica.
Esteban soltó una risa seca.
—Con la dosis que le das, eso no va a pasar.
Marisol sintió que se le helaba la sangre.
Esa noche informó a Alejandro. Él no gritó ni lloró. Sólo apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Mañana van a reunirse en el Hotel Reforma —añadió Marisol—. Escuché que llevarán los documentos para quitarle el control de la empresa.
Alejandro se quedó en silencio.
Después levantó la cabeza y pronunció una orden que cambiaría la vida de todos:
—Lléveme al hotel. Quiero escucharlos destruirme con sus propias voces.